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Beatriz: Paradigma de la historia criminal de la secta católica

La historia de Beatriz, esa joven salvadoreña que por no ser dueña no lo es ni de su nombre, porque aquel por el la conocemos es inventado, es el paradigma del sometimiento que los  poderosos exigen a las mujeres pobres a lo largo de toda la historia. Y hay que hacer la precisión sobre su situación social: no es lo mismo la vida de una neoyorkina, madrileña o londinense de clase alta, dueñas de su destino, su vida y su cuerpo, que la de mujeres como Beatriz, sometidas a la dictadura de la reacción; la iglesia, los jueces, el dinero. ¡Qué fácil es para cualquier mujer con independencia librarse de problemas como el que sufre Beatriz! Que es una de los muchos millones de mujeres que pueblan la tierra: habitantes de zonas rurales, sin posibilidades económicas, sin formación, sin información y sometida a la maldición impuesta por la secta católica del ‘parirás a tus hijos con dolor’. Aún a costa de su vida.

Para quienes llevamos una vida leyendo, asociar  un hecho o una noticia con una determinada obra, sea esta novela o ensayo, suele ser frecuente. El ‘todo está en los libros’ tantas veces repetido por quienes consideran que la lectura es una inagotable fuente de saber, es una evidencia incontrovertible. No hay situación o noticia, por muy novedosa que sea, que no pueda asimilarse a una historia escrita.

Al hablar de la actitud de los jóvenes, a los que cada generación acusa de lo mismo de lo que fueron acusada, es inevitable que vuelvan a la memoria las palabras de Aristófanes en ‘Las nubes’ cuando reprochaba a la juventud de su tiempo lo que hoy reprocha a los jóvenes mucha gente que no recuerda cómo eran ellos en los años del inicio de su vida de adultos. Decía Aristófanes, más o menos, porque cito de memoria, ‘los jóvenes son hoy día disolutos y perezosos, no respetan a sus mayores…’. Y, en estos días en los que se suceden las noticias sobre la corrupción ¿quién no recuerda El Patio de Monipodio de Cervantes, o  La Vida del Buscón don Pablos, de Quevedo o, incluso, el anónimo Lazarillo de Tormes?

Al relacionar hechos y situaciones con libros leídos a lo largo de los años, al conocer el drama de esa joven salvadoreña a la que llaman Beatriz, por ni siquiera dar su nombre real, para no ponerla en peligro a causa de la intolerancia y crueldad de aquellos a los que no les importa verla muerta con tal de mantener sus criterios absurdos e injustos, me vino a la cabeza el título de una obra monumental, escrita por un alemán, Karlheinz Deschner: ‘Historia criminal del cristianismo’.

En esa obra su autor analiza, en los hasta ahora publicados once tomos, los crímenes y errores cometidos por esa religión y sus dirigentes, desde los orígenes bíblicos hasta el presente. La asociación entre el drama de Beatriz y la criminalidad de la secta católica es obvia. No se puede calificar de otro modo la actitud del clero y el la judicatura salvadoreña que, indiferente, impone la muerte de una mujer de veintidós años, antes que permitir que se le practique el aborto de un feto anencefálico cuya pervivencia fuera del útero materno sería imposible. Y aunque pudiera vivir ¿qué clase de vida tendría?, la de un vegetal, un cuerpo sufriente que lo único que haría en su vida sería padecer y crear el padecimiento de quienes lo rodeasen.

Las imposiciones de la secta católica con las mujeres está tejida del afán de dominio, consecuencia de toda clase de complejos miedos y frustraciones de aquellos que se autoimponen un enfermizo celibato que lleva,  no solo a la incomprensión de los problemas reales, sino a la malsana reacción ante las mujeres, causada por la prohibición de acercarse a ellas. Esos miedos y complejos morbosos están detrás de su obsesión por hacernos esclavas y servidora de varones, paridoras de hijos a mayor gloria de su dominio, junto con el morboso afán de imponer el sufrimiento, con el sadismo que ha caracterizado a esa secta desde sus orígenes.

Un sadismo que no es fruto del morbo sin más, sino que tiene su origen en su torticero empeño por dominar al mundo a través del chantaje de prometer una existencia sin dolor en otra vida, después de la muerte. Si quienes padecen el sufrimiento impuesto por la secta no penaran con todo lo impuestos por los santones de la iglesia, no tendrían necesidad de esperar una vida libre de ese sufrimiento más allá de la muerte.

A lo largo de los siglos el criminal cristianismo urdido con ideas de sadismo y dominio, sobre todo hacía las mujeres, ha querido someter al sexo femenino a toda clase de servidumbres, inventando falsedades y creando mitos absurdos para controlar a quien tiene el poder de dar la vida. Si la secta asumiese que ese derecho es propio y único de la mujer que pare, ¿qué poder tendría sobre ellas? ¿Qué poder tendría sobre los hijos de esas mujeres que, desde la placenta, trasmiten a sus hijos el temor reverencial a una secta cuyo propósito no es sino la criminal avaricia, el sádico dominio enfocado a explotar y sojuzgar a los débiles?

Beatriz, enferma, pobre, sometida y víctima de una intolerancia que, pese al clamor mundial, ha estado a punto de matarla, obligada por varones reaccionarios  y sádicos a parir una vida inviable, es el paradigma de muchos cientos de mujeres repartidas por todo el planeta, mártires de las desigualdades sociales, de la irracionalidad cruel de santones sin piedad ni sentido común.

Su problema ha sacado a la luz, como ningún otro en mucho tiempo, la verdadera faz de la secta católica. Que no se aleja un ápice de cómo  Karlheinz Deschner la reflejó en su historia.


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Comentarios

  1. Increíble, odio cualquier religión siempre irracional con la vida.Un contrasentido total.¿Para qué estamos aquí? Pues para vivir con intensidad, honestidad y un mínimo de dignidad.

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