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La imagen de los políticos: Entre miserias y regreso de dinosaurios

La clase política cuenta en los últimos tiempos de escaso, por no decir nulo, prestigio entre los ciudadanos. Los escándalos de corrupción, los abusos de unos o la inanidad de otros, hace que se los vea como representantes no del pueblo, sino de una especie de oligarquía encanallada, solo preocupada en sus asuntos. Con todo lo peligrosa que resulta esa imagen para una democracia, la realidad es que sus señorías hacen poco por ganarse el respeto de una ciudanía acosada por la crisis, los abusos de la banca, el paro y el empobrecimiento. A eso se suman los frecuentes rifirrafes entre ellos, las declaraciones ofensivas a la inteligencia de los ciudadanos y los comportamientos rastreros de muchos. Las sesiones de control de Gobierno, que se celebran cada miércoles en el Congreso, no ayudan, ni mucho menos, a mejorar esa imagen, porque sus señorías suelen mostrar su peor faz.

En la sesión de ayer, Alberto Ruiz Gallardón, el ‘moderado’ que engañó a mucha gente –no por cierto a esta periodista- con su falso progresismo e imagen de derecha civilizada, se manifestó como uno de los políticos más miserables y reaccionarios del miserable y reaccionario Gobierno de Raxoi. En esa sesión, dio una muestra más de su condición de ser despreciable, al no se sabe, si amenazar o advertir a Eduardo Madina, en clara alusión a su posible liderazgo del PSOE, por haber defendido los derechos de las mujeres frente a su postura carca de proteger antes los derechos de una célula fecundada a los de la mujer. En un discurso en el que aludió a los ‘errores’ de los Gobiernos republicanos, en el que mantuvo la idea de que su proyecto de ley del aborto ‘está mayoritariamente apoyado por la sociedad’, confundiendo, como suele el PP los preceptos de la secta católica con el sentir de la ciudadanía, Gallardón puso de manifiesto una vez más su condición, no solo de reaccionario, sino de ser infame.

Ese ministro que otrora se presentaba como la cara más progresista del PP,  no se conforma con rebajar a la mujer a la categoría de ciudadana de segunda que habrá supeditar su maternidad a las imposiciones de la secta católica y un Gobierno talibán y se propone, al modificar la Ley de Enjuiciamiento Criminal, volvernos a los siniestros tiempos de la dictadura imponiendo la censura, al dar al los jueces o los fiscales potestad de que puedan ‘ordenar a la prensa’ el cese de información sobre algunos casos. Si en el presente estuviese esa ley vigente, los medios no podrían dar informaciones sobre el Caso Gürtel, la financiación del PP o el Caso Urdangarín. El Ministro de Justicia ha negado que esa modificación vaya a perjudicar el derecho a la información, pero ya se sabe qué concepto tiene el PP sobre el derecho a la información.

Lo que hoy ha hecho Gallardón en el Congreso, inmiscuyéndose en las decisiones y posturas de Eduardo Madina, no es sino una más de las habituales costumbres de chantajes y matonismo que siempre ha llevado a cabo el PP. Hace unos días, José Bono, revelaba en El País que, cuando se hizo cargo de la cartera de Defensa y empezó a escuchar los familiares de los muertos en el accidente del Yac 42, el PP le amenazó, nada veladamente, a través de Eduardo Zaplana, que le advirtió de que ‘en el PP hay gente que te tiene muchas ganas y como sigas con el asunto del Yac vamos a ir a por ti’.  Al cabo de diez años, aún no se ha sabido qué intereses llevaron al Gobierno del PP a contratar un avión en lamentable estado, y qué intereses y ganancias reportaban al Ejecutivo el uso de un aparato que acabó costándole la vida a sesenta y dos militares. Si en lugar de gobernar el PP cuando se produjo ese lamentable accidente, hubiese gobernado el PSOE, o cualesquiera formaciones de izquierdas, es seguro que ese partido hubiese agitado toda clase de fantasmas, y hasta hubiera reprochado la aviesa intención de querer acabar con la vida de militares.

Y como si el panorama político no estuviese ya suficientemente encanallado con las boutades de los actuales supuestos representantes del pueblo, en pocos días han salido a la palestra, como dinosaurios resucitados, dos de los exponentes de unas maneras de hacer política y declaraciones que no hacen sino sumar más rechazo a la clase política.

A la reaparición de Aznar, amenazando con una vuelta a la política activa que causó pavor entre propios y extraños  y que, con aires de salvapatrias, se postuló como el solucionador de todo cuantos problemas sufrimos, como sí él no hubiese contribuido a crearlos, se suma la de Alfonso Guerra que, con motivo del último tomo de sus memorias, apareció en las pantallas televisivas vertiendo mierda contra el juez Garzón.  

Mucho se ha hablado de que la expulsión de Garzón de la carrera judicial no se debió solo al ansia de vendetta del PP por investigar el Caso Gürtel, sino también por parte del PSOE, o de algunos estamentos del PSOE, que no le perdonan la investigación de la trama del GAL y los Fondos Reservados. También es cierto que Garzón no actuó elegantemente en ese asunto, porque se metió en su investigación de hoz y coz nada más abandonar su colaboración con los socialistas, dicen que por no haber sido nombrado ministro por Felipe González como pretendía.

En cualquier caso la acusación extemporánea y nada demostrable de que Garzón quiso cobrar en negro los meses que debía estar inactivo antes de reincorporarse a la carrera judicial, parece una racanería de muy mal gusto por parte de Alfonso Guerra, un político muy aficionado a la intriga y que, en los tiempos en los que ostentaba la Vicesecretaría del PSOE conseguía resultados congresuales ‘a la búlgara’, más por su manera un tanto siniestra de mover las fidelidades que por la simpatías que concitase su sector.

Es posible que Guerra, que siempre presumió de maquiavélico, haya querido, con esa acusación, no solo desprestigiar por venganza al exjuez, sino con el interés concreto de lanzar un misil contra su imagen de incorruptible que podría hacerle un rival peligroso en confrontaciones electorales, si decidiese presentarse bajo otras siglas.

Lo patético del asunto es que, a la hora cargar contra el prestigio de Garzón, han reaparecido, para darle la razón a Guerra, otros dos dinosaurios de la política que tienen, para decirlo con moderación, una imagen muy deteriorada de su prestigio: Rafael Vera y Mario Conde, dos exconvictos que, de tener un mínimo de sentido común, estarían mucho mejor en silencio, teniendo en cuenta que sus historiales son para hacer enrojecer a cualquiera.

Entre las declaraciones del los actuales gobernantes, y la reaparición de dinosaurios varios, el panorama político no es que no se aclare, sino que se envilece un poco más. Luego se quejarán de que la ciudadanía no aprecia a los políticos.

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