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Empresarios españoles: defraudadores y esclavistas.




La novena edición del estudio ‘La Responsabilidad Social Corporativa en las memorias anuales del IBEX 35’ concluye que el noventa y cuatro por ciento de las grandes empresas españolas defraudan al fisco a través de filiales en paraísos fiscales. Esos grandes empresarios que están estrangulando la economía del país y de los contribuyentes y que, desde 2009, vienen acelerando sus maniobras para eludir el pago de impuestos son los mismos que claman a favor de las reducciones salariales y consideran que se debe ir más lejos en las reformas laborales, con el fin de privar absolutamente de cualquier derecho a los trabajadores. 
 
¿Quién no recuerda las palabras de aquel delincuente, hoy en la cárcel por defraudar al fisco, llamado Gerardo Díaz Ferrán, cuando daba su receta para salir de la crisis, que consistía en ‘trabajar más y cobrar menos’? Díaz Ferrán, presidente durante varios años de la patronal española, es el paradigma de los grandes empresarios de este país: fulleros, defraudadores, tramposos y esclavistas. 

El informe del RSC confirma lo que resulta palmario para cualquier analista con sentido común: la crisis no es fruto del falaz e injusto reproche de que la ciudadanía ha vivido por encima de sus posibilidades, sino la consecuencia de unos empresarios, incluidos los banqueros, empecinados en que les salga el dinero por todos sus poros, sin importarles que su voraz avaricia acabe por arruinar al país. Muy al contrario, está comprobado que el hundimiento económico los  beneficia, por cuanto sus ganancias aumentan en mayor proporción, incluso, de la que descienden los salarios. 

Con la inestimable colaboración del Gobierno de Mariano Raxoi, que hizo la reforma laboral al dictado de un empresariado defraudador y esclavista, las grandes fortunas de la banca, la construcción, los servicios o la alimentación están imponiendo, con el pretexto de la crisis, unas relaciones laborales en las que el trabajador está pasando de asalariado a esclavo, dado los sueldos de miseria y las condiciones laborales abusivas que imponen al socaire de una crisis a la que contribuyen en gran medida, por no cumplir con sus obligaciones fiscales. 

Cuando se encendieron las luces de alarma de la crisis en todo el mundo, grandes empresarios  se ofrecieron a los gobiernos de sus respectivos países para pagar impuestos extras, con el fin de paliar la delgadez de sus haciendas. Los españoles se negaron a esa contribución, sin dar mayores explicaciones. La realidad es que el empresariado español nunca tuvo  más objetivo que el de lograr cuantos mayores beneficios mejor, sin contribuir en nada y para nada, a la sociedad en la que se desarrolla. 

Tal vez tenga algo que ver el comportamiento de un empresariado avaricioso y mostrenco con el hecho de que en este país, a lo largo de la historia, los empresarios no fueron sino piratas, negreros y usureros, cuya actividad era ‘mal vista’ por un señoritismo en el que no cabía la idea del trabajo que se consideraba poco menos que un desdoro. El señor, el señorito, vivía de las rentas que proporcionaban sus latifundios porque en sus presupuestos nunca estuvo la idea de hacer negocios, actividad que era tenida por poco noble. Consideraban que los bienes caían como un maná, en razón de su buena cuna.

Y en tanto que en España trabajar era un oprobio y los que lo hacían eran despreciados por los hidalgos, la burguesía del resto de Europa, los mercaderes, constituían una clase respetada y respetable que mucho tuvo que ver con el desarrollo cultural y artístico del continente. Baste recordar, como ejemplo, el exquisito cuadro del pintor flamenco Jan van Eyck, fechado en 1434, en el que retrató a un rico mercader establecido en la ciudad de Brujas, Giovanni Arnolfini y su esposa Jeanne Cenami. A un encargo de los pañeros de Ámsterdam se debe el cuadro de Rembrandt ‘Los síndicos de los pañeros’, pintado en 1662. Mucho antes, en Italia, familias como la de los Medici habían hecho posible, con su mecenazgo, las geniales obras de artistas como Brunelleschi, Botichelli, Leonardo Da Vinci, Vasari, Cellini o Miguel Ángel.

Los empresarios españoles no tienen en el haber de su historia ni asomo de mecenazgos ni contribuciones sociales y, parece, siguen en las mismas, haciendo alarde de su egoísmo, su voracidad e incluso su cerril torpeza, al atribuir a los medios que dan cuenta de la realidad, la causa de sus males cuando no son capaces de ver, en su estulticia, que no está el mal en que se informe de ciertos hechos, sino en que estos se produzcan. 

Así, el pasado día cuatro, el suplemento Dinero de ‘El Confidencial’, publicaba una noticia en la que se aludía al enfado de los empresarios, que se quejan en privado, de que los medios ‘magnifican los problemas de España, mientras que apenas destacan las noticias positivas, y eso les complica enormemente 'vender' la solvencia del país ante inversores extranjeros’.

‘El Digital’ daba cuenta de las palabras del presidente de una de esas empresas del IBEX que tienen su dinero en paraísos fiscales con el fin de defraudar al fisco, que comentaba que “es muy complicado generar confianza en España ante los inversores internacionales con tanto ruido”. Seguramente ni se pasó por sus mientes la sola idea de que defraudar impuestos es una práctica muy mal vista en los países civilizados y que así tampoco se ‘vende’ la marca España. 

Los empresarios evidencian su descontento por el hecho de que la prensa nacional informe de los escándalos de corrupción en el partido del Gobierno, porque consideran que las continuas informaciones sobre asuntos, ampliamente destacados, ‘no ayudan a sacar al país de la crisis’. Y señalan que casos como el de Bárcenas o Urdangarin, ‘han de aparecer en los periódicos, por supuesto, pero dentro de unos límites’. Como se ve, la derecha, sea política o empresarial, siempre quiere poner límites, o censura, a la información. 

Tampoco gusta a los empresarios que se dé cuenta de las protestas que generan reformas y recortes impuestas por el Ejecutivo, algunas impulsadas por el propio empresariado, como la laboral. Para los patronos españoles, informar del descontento ciudadano por unas políticas injustas y abusivas es un error porque eso contribuye ‘a incrementar la sensación de malestar que existe en España por las reformas estructurales que está llevando a cabo el Gobierno y generan en el exterior una gran desconfianza sobre el país, al dibujar un panorama más demoledor que el real’.

“La prensa tiene que hablar de lo que se está haciendo bien en el país, ya que es la única manera de generar confianza fuera”, lamenta el citado presidente de una gran empresa del Ibex, que debe querer, como suele la derecha, que los medios se conviertan en una especie de hoja parroquial, en la que solo se dé cuenta de ‘noticias bonitas’. 

Habría que preguntar a ese empresario tan preocupado por la imagen y tan despreocupado de su deber de contribuir al fisco, si también sugerirá a la prensa extranjera que no publique reportajes sobre la corrupción galopante que afecta a este triste país, como hizo el pasado domingo el New York Times que, en un amplio reportaje, trataba los ‘cerca de 1.000 políticos, que van desde los alcaldes de pueblos pequeños a exministros’ investigados judicialmente por casos de corrupción. 

La queja sobre la libertad de prensa de un empresariado estulto y falto de responsabilidad social y ética no debería sorprender, al fin y al cabo es una de las señas de identidad del talante fascista del que hacen gala la mayoría de ellos. 

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