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Capitalismo y globalización: El crimen de Bangladesh



La muerte de más de quinientos trabajadores, en el derrumbe de una fábrica de ropa en Bangladesh, no puede calificarse sino como crimen: el cometido por la avaricia de empresarios esclavistas, protegidos por el sistema capitalista que, con la deslocalización propiciada por una globalización, que no sirve sino para aumentar la explotación -no solo en los países del tercer mundo, esos que ahora, eufemísticamente se llaman emergentes y no son sino víctimas de la depredación especuladora del capitalismo-, asesina y explota impunemente a millones de personas. Sin que los habitantes del llamado mundo desarrollado seamos conscientes de esos abusos al mirar para otro lado cuando de comprar ropa barata se trata, cegados por el consumismo y la presunción. 

En Londres, a raíz del derrumbe del edificio Rana Plaza, en Savar, a veinticuatro  kilómetros de la capital Dhaka, la BBC sacó sus cámaras a la calle para preguntar a los londinenses si les preocupaba la procedencia de la ropa que visten. La mayoría mostró una total indiferencia; las respuestas, ‘prefiero no saber’, fueron las más frecuentes. A pesar de ser conscientes de que la mayor parte de ella procede de China o del sudeste asiático. En este país nadie ha hecho un reportaje similar, pero es de temer que las respuestas fuesen las mismas. Todos sabemos que la ropa que se vende en Zara, Primark, Benneton, Mango o el Corte Inglés no se ha fabricado en España, otrora puntero de la industria textil en Europa, sino en países del tercer mundo que, por su bajo costo en la manufactura, permite que tengan un precio asequible a casi todos los bolsillos. A costa de la vida y la salud de millones de personas que trabajan en condiciones de esclavitud, mal pagadas y sin la menor seguridad laboral.  

A los grandes empresarios de la moda, ya sea barata o cara, les preocupa muy poco que quien fabrica las prendas que venden en sus tiendas se cosa con el hilo de la esclavitud y la sangre. Los beneficios, cuantos mayores sean tanto mejor, es lo único que interesa en una sociedad capitalista que ha hecho de la globalización su fuente ignominiosa de riqueza. Amancio Ortega, una de las mayores fortunas del mundo, tejidas con el producto de la explotación y la injusticia social, es un paradigma de ese empresariado voraz y sin conciencia social. 

Los últimos datos que dan las autoridades de Bangladesh cifran ya los fallecidos, en el derrumbe del edificio que albergaba diversas fábricas de ropa, en un número superior a las quinientas diez personas. Y se calcula que, una vez terminadas las labores de desescombro, el número alcance los ochocientos muertos, sepultados entre las paredes de un edificio proyectado, en principio, como centro comercial, pero al que su propietario añadió tres plantas más para destinarlo a uso industrial, sin importarle el incremento de carga ni la fragilidad de la estructura. 

El edificio siniestrado era propiedad de Mohamed Sohel Rana, sobre el que recae la sospecha de violar las normas de construcción del país. España también se ha visto involucrada en la tragedia porque un ciudadano de este país –en el presente en paradero desconocido- David Mayor, es copropietario de uno de los talleres que se ubicaban en el edificio derrumbado. 

Mayor es director general de Phantom-Tac, una compañía conjunta participada a partes iguales entre Phantom Apparels (Bangladesh) y Textile Audit Companny (España). Esa empresa, ubicada en la cuarta planta del edificio derrumbado, ocupaba más de 20.000 metros cuadrados, según la web que da cuenta de sus actividades comerciales. 

La tragedia de Bangladesh no es la primera que se lleva por delante cientos de vidas en ese país. El pasado noviembre, en un incendio registrado en la fábrica de Tazreen Fashion, situada en las afueras de la capital, Dhaka, murieron ciento veinte trabajadores. Y en diciembre de 2010, un problema en cables eléctricos causó otro incendio en una industria similar, en la que perdieron la vida veinticinco personas. Las infernales condiciones de trabajo en inmuebles que carecen de seguridad y los salarios de miseria son consecuencia de un sistema que no repara en la justicia social, la humanidad o los derechos humanos, en busca tan solo de obtener los mayores beneficios. 

Los gobiernos del primer mundo, al tolerar que el empresariado cierre las fábricas del país para llevárselas a aquellos en los que los salarios son de hambre y los derechos de los trabajadores resultan desconocidos son los responsables de la situación. Se trata del modelo que quieren implantar en los países europeos, y muy especialmente en los del sur de Europa, para crear entonces puestos de trabajo.

Con el pretexto de la crisis, la colaboración del Gobierno y la máxima neoliberal del dejar hacer, se busca precisamente llevar a los trabajadores a la misma situación que tienen en el tercer mundo. Y mientras tanto, deslocalizan las empresas y explotan a los habitantes de países en los que carecen de unos derechos con los que también pretenden acabar en la otrora libre Europa.  

Esos abusos son la consecuencia de un neoliberalismo que está acabando, sino lo ha hecho ya del todo, con el Estado. Ese Estado que tanto critican los neocon y que resulta imprescindible para poner coto a los excesos explotadores del capitalismo.  Si en lugar del neoliberalismo imperante existieran Estados fuertes que controlasen esa libre economía de mercado que tanto alaban los ultraliberales, no se producirían ni las crisis que ahora sufrimos, ni los millones de parados, ni la explotación criminal de los países del tercer mundo. 

La tragedia de Bangladesh –que dentro de unas semanas, cuando el edificio desaparezca bajo palas y excavadoras y los muertos sean enterrados, se olvidará hasta que surja un nuevo siniestro y más muertos por culpa del capitalismo y la globalización- es responsabilidad del ultraliberalismo criminal que solo repara en la búsqueda de beneficios, sin sentir los promotores de la situación, en sus espaldas o sus conciencias,  el peso de las muertes que causan. Mas todos tenemos un poco de responsabilidad en el presente estado de cosas: Si nos negásemos a comprar ropa fabricada con el hilo de la explotación, si esos empresarios inmorales dejasen de obtener beneficios, el problema desaparecería.

Pero ¿quién tiene la suficiente conciencia social y humana para pensar en Bangladesh, en la explotación infantil, en los parados que causa la desglobalización cuando nos ponen delante de las narices una de esas prendas, tan monas y tan asequibles que, nos ofrecen a través de una publicidad manipuladora jurándonos que si la compramos seremos más jóvenes, más guapos y más felices? 

El día que ejerzamos la sana tarea de pensar, seguramente el mundo mejorará notablemente. 

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