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La inadmisible vuelta al pasado de la ley de aborto de Gallardón



Una tarde cualquiera de octubre de 1985. Sede del PSOE en la calle Ferraz de Madrid: una joven periodista y militante del partido, sube en el ascensor con el Presidente del Gobierno y Secretario General del PSOE, Felipe González. 

Una vez pasados los controles de seguridad, en el edificio que alberga las oficinas socialistas, en lo que fuera la casa del fundador del partido, Pablo Iglesias,  militantes y altos cargos del partido y del Gobierno transitan por sus pasillos con total libertad. Esa circunstancia permite a la joven periodista, que conocía al ya presidente del Gobierno desde los tiempos de la clandestinidad, dirigirse a él con total naturalidad. Enfadada por la ley de aborto aprobada apenas un mes antes, que considera conservadora, por cuanto deja la decisión de abortar no en la mujer sino en el criterio de los médicos, espeta al Presidente del Gobierno: 

-Vaya mierda de ley de aborto que has hecho. 

El Presidente del Gobierno, y Secretario General del PSOE, conoce a la joven, sus andanadas izquierdistas y lo que, algunos compañeros consideran un descaro, hacer críticas sin cortapisas al ‘señor Presidente’. 

-No podíamos hacer otra cosa, son muchas las presiones de los poderes fácticos- se justifica el Presidente del Gobierno. La joven periodista, indignada por una ley que considera una afrenta a la independencia de las mujeres, una ofensa a su libertad, y una bofetada al principio de la máxima ‘nosotras parimos, nosotras decidimos’, no se arredra ante las palabras del Presidente: 

-Coño, Felipe, tienes doscientos dos diputados, podrías haber hecho una ley de plazos como existe en toda Europa. 

El ascensor está a punto de llegar a la planta en la que descenderá González, que un poco irritado se despide de la joven con un: 

-Está visto que cada vez que hablas conmigo es para reñirme. 

A la joven aún le da tiempo de soltar, con el desenfado que reprochan habitualmente los muchos compañeros que ven al Presidente y Secretario General del PSOE más como una especie de Dios, que como un compañero: 

-Y está visto que tú te estás olvidando de lo que somos los socialistas, y sobre todo, las socialistas. 

Desde aquella conversación - la última que mantuvo la joven periodista con Felipe González, porque abandonaría la militancia dos años más tarde, frustrada y desilusionada por la deriva conservadora del Gobierno, supuestamente socialista -, han pasado cerca de veintiocho años  y una ley de Plazos, aprobada por el Gobierno de otro socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, consciente de que la ley de aborto aprobada por su antecesor  era insuficiente y, sobre todo, como habían criticado muchas mujeres, humillante, en el momento en el que ponían la decisión de abortar en el criterio de personas ajenas a quien únicamente es dueña de sus decisiones y su cuerpo. 

Al cabo de esos casi treinta años, la otrora joven periodista, convertida en madura mujer, ve con amargura como el actual Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, miembro de un Gobierno, del PP, que, desde que llegó al poder está haciendo retroceder al país a tiempos que se creían periclitados para siempre, está al borde de acabar, no ya con la ley aprobada por el Gobierno Zapatero, sino con aquella que a la joven que fue le parecía insuficiente y que, en el presente, parecerá aceptable al compararla con los planes legislativos planeados en contra del 83% de la población, pero que exige una Conferencia Episcopal crecida y avasalladora, dispuesta a imponer su credo a toda la ciudadanía con la imprescindible colaboración de un ministro beato de extrema derecha. 

En casi todos los países europeos existe una ley de plazos, solo Irlanda y Polonia cuentan con restricciones, y únicamente está prohibido en Malta. Con la modificación que planea llevar a cabo Ruiz Gallardón, al dictado de la  nazionalcatólica Conferencia Episcopal y un restringido número de ultraderechistas, casi todos de edades provectas, se quiere que este país se cuente entre los más retrógrados de los europeos, donde se someterá a las mujeres a la supeditación impuesta por la religión, robándole así el derecho irrenunciable a su capacidad de decidir y a su propio cuerpo. 

La moda de considerar el aborto como un ‘genocidio silencioso’, tal como dicen los obispos españoles es nueva, porque no siempre esa secta consideró que el feto fuese una persona desde el momento de la concepción como proclama en el presente, en contra de la ciencia y del sentido común. Porque en ese caso, podrían quienes mantienen esas ideas, sostener, con el mismo argumento, que desperdiciar los óvulos en la menstruación o los espermatozoides puede ser igualmente un asesinato. 

La iglesia no mantuvo siempre posiciones tan intolerantes sobre el aborto, durante siglos, la teoría predominante, bajo influencia griega, fue la de la hominización tardía o la animación del feto, seguida por los más prestigiosos teólogos medievales e incluso modernos. Según esa teoría, el feto era informado por el alma a los tres meses del embarazo. Hasta entonces no había propiamente vida humana, sino solo vegetativa primero y animal después. Por eso, el aborto de un feto durante las 12 primeras semanas no se consideraba ni homicidio ni infanticidio o asesinato, al no estar animado. Algunas teorías, siguiendo cálculos machistas tan propios de la secta católica, distinguían incluso entre la animación del feto masculino y el femenino, adelantando la primera a los cuarenta días y retrasando la segunda a los noventa. 

Consideraciones históricas o teológicas aparte, la intolerancia contra el aborto de la secta católica pone de manifiesto las contradicciones de sus gurús que se preocupan de la vida del ‘nasciturus’, de un óvulo fecundado que dicen es ‘un niño’, mientras permanecen indiferentes a cualquier forma de genocidio real. 

Baste recordar su posición durante la guerra incivil, cuando la jerarquía católica bendecía, no solo las armas de los fascistas, sino y también, las ejecuciones sumarísimas, los asesinatos perpetrados por los militares rebeldes y sus secuaces falangistas. Tampoco se preocuparon, ni lo hacen en la actualidad, en los millones de niños que mueren en conflictos como el de Iraq o Afganistán. Ni se les ha oído jamás una palabra en contra de los capitalistas que hacen uso del trabajo infantil en el tercer mundo, ni de los niños que fallecen en las hambrunas africanas, propiciadas por los especuladores capitalistas. Tampoco se muestran en absoluto preocupados por los seis millones de parados ni por la pérdida de derechos que sufre el pueblo a consecuencia de la crisis.

Los planteamientos de la Conferencia Episcopal, principal impulsora del cambio legislativo que está decidido a llevar a cabo el beato ministro de Justicia, responden al consuetudinario machismo de la secta católica que, desde siempre, consideró a la mujer como una mera placenta, una reproductora sin cerebro y sin alma, cuya única misión es la de traer hijos al mundo, callada y sumisamente. 

De ahí esas afirmaciones de los detractores de los derechos de la mujer que consideran que,  si alguna desviada no quiere hacerse cargo del hijo que va a parir, debe darlo en adopción tras haberlo gestado, ignorando los sentimientos que esa decisión podría acarrearle y el derecho a decidir sobre su cuerpo.
  
Uno de los supuestos que desaparecerá con la inicua reforma que quiere imponer el PP es el que contempla la autorización de abortar en el caso de que el feto presente malformaciones o enfermedades incurables. Esa atrocidad, que condenará a las mujeres y a sus hijos a una vida de sufrimientos insoportables –más teniendo en cuenta que el actual Ejecutivo niega en la mayoría de los casos ayudas económicas a los discapacitados- es, sin duda, otra de las imposiciones de la secta católica que a lo largo de la historia, con sádica delectación, ha propugnado el dolor –de los demás- como ‘vía de salvación’. El morbo y sadismo de los dirigentes de la secta católica les ha llevado siempre a regodearse en el ‘sacrificio’ de sus fieles, un sacrificio que nunca han aplicado a sus muelles existencias. 

La reforma de la ley del aborto saldrá adelante con los únicos votos de la mayoría del PP, en contra del mayoritario sentir ciudadano, de la opinión de ginecólogos,  pediatras y científicos en general, retrotrayendo la legislación a la época franquista. Supondrá una vuelta más al pasado de las que viene imponiendo un Gobierno anclado en el nacionalsocialismo. 

Esta reforma, que más que reforma es regresión, no podrán justificarla con el argumento de que lo impone Europa, ni tendrán la sinceridad de asumir que lo hacen obedeciendo a la Conferencia Episcopal. Sencillamente la impondrán por cojones, por sus cojones machistas alejados de cualquier atisbo de sensibilidad hacia las mujeres y hacia su libertad. 

Imponiendo su criterio como lo que son, los hijos putativos del franquismo; unos fascistas.

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