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Criminalización de los escraches y otras infamias del Gobierno del PP




El PP está logrando lo que, sin duda, se propuso cuando decidió criminalizar los escraches; que la opinión pública y la publicada solo atienda a sus irritantes declaraciones, olvidando así otros problemas y las muchas desmesuras e injusticias que perpetra un gobierno al servicio de los poderosos y en contra del pueblo.  

La secretaria general del PP, Dolores de Cospedal, manifestó, en un debate con afines a su partido, celebrado en el barrio madrileño de Salamanca -uno de los más pijos y que cuenta con más reaccionarios por metro cuadrado- y bajo el epígrafe “Los políticos no son el problema” que los escraches son  "jugar a la cacería" y lamentó al tiempo que "la diana sea el político" llegando a la conclusión de que “ir contra un político es lo mismo que contra la política y por tanto contra la democracia".  Doña Dolores aseguró que "no se consigue nada acosando" para añadir que "tratar de violentar el voto es nazismo puro". 

No conforme con esos argumentos identificó los escraches con el espíritu que recuerda a la España de los años treinta. Y en eso habría que darle la razón, porque su partido viene actuando de una manera muy similar a la que llevó a cabo la derecha caciquil, la banca y el ejército golpista, que actuó en contra de los intereses del pueblo. Tal y como hace el PP en el presente. 

Cabría decirle a la señora Cospedal que, efectivamente, no son los políticos en abstracto el problema, sino los políticos como ella y el resto de los de su partido, e incluso algunos de otros que, también, obraron en el pasado en contra de las necesidades de la ciudadanía y a favor de una banca codiciosa e implacable. 

Mas, como el que ahora gobierna es el PP- que tantas ansias tenía por hacerlo, y visto como le resulta de rentable la privatización de cuanto hay, se entienden sus prisas por hacer en el Gobierno de la nación los mismos negocios que venía haciendo en las comunidades donde gobiernan desde hace ya lustros - tendrán que asumir sus dirigentes ser ellos los que reciben las diatribas y protestas de la ciudadanía. 

Se duelen los políticos del PP de que grupos de personas acudan a los aledaños de sus viviendas particulares –a la sede de, en teoría, la soberanía popular no pueden, porque está blindada por la misma policía que pagamos todos, como tampoco en la sede de su partido, igualmente blindada por agentes de las Fuerzas de Seguridad, cuyos sueldos y equipos corren a cargo del Erario-para intentar que reflexionen y cambien el voto en la ILP sobre desahucios, una iniciativa popular que el PP quiere laminar, con objeto de no perjudicar a la poderosa banca a la que los ciudadanos le están pagando sus desmesuras con el dinero de la Educación y  Sanidad.

Para el PP, hijo putativo del franquismo, el Gobierno es algo que ejercen unos privilegiados, y el resto solo tiene que acatar. Esa es la razón por la que reaccionan con tanta desmesura a las protestas ciudadanas. Con la impertinencia de los autócratas, despreciando la voluntad de quienes son los que mandan en una democracia, los ciudadanos, el PP impone contra la voluntad de los más cuanto considera favorable a sus intereses o a los de esos empresarios que, durante años y en contra de la ley, han estado entregándole dinero para que, cuando llegase al poder, gobernara a hechuras de sus deseos. 

Y así lo viene haciendo. De nada vale al personal sanitario y a los usuarios de la sanidad manifestarse multitudinariamente en contra de la decisión de privatizar todo lo relacionado con la salud, porque hace ya mucho tiempo que se comprometieron con financieras y empresas que, seguramente regalaron dinero a espuertas al PP, y otorgaron puestos de trabajo en Consejos de Administración a personas próximas a sus dirigentes. 

Como el marido de Cospedal, Fernando López del Hierro, accionista y miembro del Consejo de Dirección de Capio, una de las empresas que ya se está favoreciendo, y que se lucrará aún más, con la privatización de un sinfín de hospitales de Madrid y Castilla-La Mancha o el País Valencià.

Mas la Sanidad no es el único sector que se favorece de la fiebre privatizadora del PP, que no corresponde sino al compromiso adquirido con infinidad de empresas y especuladores que, durante años han ido entregando miles de millones a ese partido con el nada desinteresado propósito de que el día que llegase el PP a La Moncloa legislase a la medida de sus deseos. Así, por ejemplo, la medida de liberalizar el horario del comercio, en claro perjuicio para la pequeña y mediana empresa, responde a los intereses de individuos como Juan Roig que, según lo investigado por el juez Ruz, fue uno de los empresarios que dio grandes cantidades de dinero, por encima de la legalidad, al PP. 

Privatiza que algo queda, debe de pensar el PP que, sin duda, obtendrá, sea como partido, sean algunos de sus dirigentes, o la familia en su conjunto, pingües beneficios de sus medidas privatizadoras en contra de los intereses de la ciudadanía que pierde calidad en los servicios y además le resultan más caros porque, entre otras cosas, algunos de esos servicios privatizados no pagan impuestos, por lo que se resiente el erario. 

Mas no para en la Sanidad y la Educación –puesta en manos de la secta católica- el afán privatizador del Gobierno del PP, sometido a la voluntad de los empresarios que lo financiaron. Infinidad de servicios que antes eran públicos se privatizan, encareciéndolos en beneficio de sus donantes.

Aunque no solo con las privatizaciones agradece el PP la generosidad de algunos empresarios.  Toma medidas legislativas en contra de los intereses de la ciudadanía y en beneficio de quienes contribuyeron al enriquecimiento de algunos de sus dirigentes. Así, la nueva Ley de Costas está articulada toda ella a medida del deseo de los especuladores que esperan, como buitres, a que pase la crisis para acabar con los escasos metros de litoral que aún quedan en este país sin encementar. 

El partido del Gobierno, cuyos miembros llaman ‘nazis’ a los honrados ciudadanos que se manifiestan en contra de una  legislación denunciada por la UE, y a la que ignora a pesar de ser dócil a otros mandatos –o se justifica en el organismo supranacional para cometer toda clase de tropelías- comete arbitrariedades de todo tipo con el dinero de todos. El que hurta y niega a la hora de pagar medicinas a los jubilados, escuela a los niños, o prestaciones a los parados. 

Del dinero de todos los ciudadanos y de forma arbitraria, entrega a la secta católica más de seis millones de euros, y a esa mafia de torturadores de animales que son los empresarios tauricidas, quinientos sesenta y cuatro millones de dinero público. Cuenta el Ejecutivo que tiene que hacer recortes y subir impuestos porque no hay dinero en las arcas públicas, pero se olvida de hacer pagar a los clubes de fútbol los setecientos cincuenta millones de euros que adeudan al Fisco, o evitar que las grandes empresas que facturan al año más de ciento cincuenta millones de euros cometan fraudes fiscales, o evadan capitales. 

Se lamenta el Ejecutivo de lo que califica como la violencia de los escraches, del maltrato que reciben algunos políticos por parte de manifestantes que jamás tocaron ni el pelo de la ropa de ningún tribuno, cuando él ordena a las Fuerzas de Seguridad golpear con saña a quienes se resisten a un desahucio, a quienes quieren evitarlo, a aquellos que se manifiestan en contra de sus medidas, y además, los llaman nazis. 

Ante tanta arbitrariedad, tanta medida lesiva para la ciudadanía, tanta tropelía como comete el Gobierno con el dinero público, lo menos que puede hacer el pueblo es dar cuatro gritos, poner unas cuantas pegatinas y lanzar algún improperio ante los domicilios de políticos que los golpean, esquilman, estafan, privan de derechos y hasta de su dignidad.

Adenda

La desviada compasión de Felipe González por los hijos de los políticos del PP.

El expresidente del Gobierno, abuelo hace ya muchos años, se compadeció, todo sensibilidad, de los niños de los políticos del PP a los que los escraches pueden inquietar o asustar y censuró su práctica por ese motivo.  

El político exsocialista, tan compasivo con los infantes de los populares, que pueden sentir algo de inquietud por las voces de unos señores en la calle, parece no haber pensado en los cientos de miles de niños que, junto con sus padres, han sufrido la violencia extrema de un desahucio. Y a veces, la violencia añadida de verse separados de su familia porque, al carecer de vivienda, la Administración los interna en centros ad hoc cuando su familia se ve privada de techo por la codicia de cualquier banco. 

Sin duda,  los años y el muelle vivir de potentado que lleva desde hace muchos años -¡qué lejano le debe parecer aquel modesto piso del barrio de La Estrella!-, ha hecho que el hijo del vaquero santanderino haya perdido cualquier atisbo de sensibilidad social, si es que la tuvo alguna vez. Porque compadecerse de unos niños que sufren algo de algarabía bajo sus ventanas, y no hacerlo de los que se ven expulsados violentamente de sus hogares, no es sino una desviación. Y una injusticia

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