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Y Rajoy habló y nos tomó por idiotas a todos.




Medio mundo y la totalidad de Europa observan, con no poco escándalo, el asunto de los sobres del PP y todo cuanto conlleva. Y tanto la gente de la calle como los mandatarios europeos deben de andar mirando con perplejidad hacia La Moncloa, sin entender cómo, al verse el  Gobierno y su presidente alcanzados por una barahúnda de las dimensiones del asunto Bárcenas, que ya no es tal, sino el follón de las cuentas del PP, no hay reacciones ni dimisiones. Seguramente medio mundo y desde luego todos los habitantes de este triste país, contuvieron la respiración a la espera de las palabras del Presidente Raxoi. Aunque, como era de esperar, no dijo nada, no explicó nada, y demostró que desprecia a la ciudadanía tomándola por idiota.

Y lo será aquella parte de pueblo que trague las explicaciones de Raxoi del mismo modo que un infante un jarabe amargo, deglutiéndolo rápido y sin pensar, para que no moleste su sabor en la boca. Porque solo alguien que no tenga, no ya inteligencia, sino un mínimo de sentido común, puede dar por buenas las aseveraciones de un político que tiene la desfachatez de, además de ser un presunto corrupto, tomar a la totalidad de la ciudadanía por débil mental.

Cuando se producen unos hechos de la gravedad de lo que se va conociendo de los papeles del extesorero, de los informes policiales y de las declaraciones de algunos miembros del PP o afines, que reconocieron haber recibido dinero negro, no bastan palabras más o menos altisonantes, y menos aún cuando esas palabras no tienen más soporte que la arrogancia de quien las pronuncia.

“Todo es falso, yo no estoy en política por dinero” afirmó Raxoi ante las cámaras de televisión y unos medios condenados al silencio. Mas ¿qué valor pueden tener las palabras de un señor que, siendo Ministro de Administraciones Públicas, firmó una ley por la que los registradores de la propiedad –como él- pueden mantener su plaza, repartiendo las ganancias con quien se preste a substituirle en una larga excedencia como la suya? No estará en política por dinero, pero bien aprovechó su poder en un ministerio para garantizarse el disfrute perpetuo de su rentable plaza de registrador, cuyos emolumentos aún sigue percibiendo, junto con el sueldo de Presidente del Gobierno.

Arrogante y a la defensiva, convencido de que la ciudadanía es estúpida y con el objeto de proclamar una falsa honradez, vino en anunciar que hará pública su declaración de la renta con el fin de que todo el mundo vea que él nunca cobró dinero negro. ¿Por quién o por qué tomará el presidente del Gobierno a los ciudadanos? ¿Tal vez por ágrafos totales? ¿Por ingenuos que rayan en la estupidez? ¿Por seres con graves deficiencias mentales? No hace falta ser un Paul Krugman, ni un Vicenç Navarro, ni tan solo un gestor de los que hacen por cien euros la declaración a Hacienda, para saber que si algo se cobra en negro no se hace constar en la declaración al fisco. Por eso, precisamente, se habla de dinero negro, señor Raxoi.

La intervención del Presidente del Gobierno, urbi y posiblemente orbe, no ha sido más que humo, el de la arrogancia de un político, un partido y una ideología imbuida de su derecho a hacer cuanto le place, sin dar explicaciones al vulgo, o dándolas de forma tan peregrina que no han hecho sino causar más que indignación en un pueblo muy harto de las falacias de un político que llegó al poder mintiendo y que seguramente se acabará yendo con el engaño en los labios.

Al repetir el viejo mantra de un victimismo que es desmentido por informes policiales y documentación que si no obra ya en manos de los jueces pronto lo hará, el Presidente del Gobierno y del PP se ha puesto un poco más la soga de la mentira en el cuello de su credibilidad. Ni los suyos le creen, porque votantes y muchos militantes empiezan percatarse de que detrás de las protestas de honestidad se esconden fétidos e inconfesables manejos con dinero que, siendo público, acabó en las arcas del PP y en los bolsillos de sus dirigentes. Presuntamente, no sea que den en querellarse, por mucho que uno de sus barones haya recomendado que no maten al mensajero.

De lo que se viene sabiendo, desde que estalló el pútrido caso Gürtel, es fácil imaginar que el PP y un empresariado feudal y corrupto tramaron una operación que comenzó con la liberalización del suelo, aprobada por Aznar, con el consiguiente destrozo de la costa y del patrimonio medioambiental, substanciado en jugosos millones de comisiones que se movieron a través de las Cajas de Ahorro –las mismas que en el presente se impone que rescate el pueblo a fuerza de sacrificios- y  acabó, a partes iguales, en las cuentas en Suiza de empresarios indecentes, en la caja B del PP y en los bolsillos de algunos de sus dirigentes. Todo ello para, además de hacerse de oro, conseguir el poder a través de campañas sufragadas con más dinero del que señala la ley, junto con la manipulación mediática, conseguida a través de similares sobres a los que, presuntamente, circulaban por el edificio de Génova 13; con la misma fluidez que el agua en un manantial de deshielo.

Parafraseando a Unamuno cuando se dirigió a aquel despojo humano conocido por Millán Astray, abuelo ideológico de muchos de los dirigentes del PP,'Ustedes vencerán porque poseen fuerza bruta en abundancia. Pero no convencerán. Porque para convencer es necesario persuadir. Y para persuadir es necesario tener algo de lo que ustedes carecen: razón' 

Ni las protestas de honradez de Raxoi, ni el mantra del ‘nos tienen manía, es una conjura contra el PP’ valen para nada. Es de esperar que, si hay, la justicia acabe por poner a toda esa gente donde se merece, y que el pueblo sepa enviarlos, a través de las urnas, al lugar donde siempre debieron quedarse.

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