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Estado de la Nación: Políticos sordos, ajenos al pueblo



A la hora de escribir estas líneas, en la Puerta del Sol de Madrid, la Plataforma del 25-S celebra un debate sobre el “Estado de la Corrupción”, al que, según las escasas informaciones que dan los medios, no es multitudinaria, aunque sí recoge las inquietudes de una ciudadanía que, cada día, constata lo lejos que están sus supuestos representantes de los problemas que la acucian. 

Porque si bien es cierto que el asunto de la corrupción ha sido protagonista del debate del Estado de la Nación celebrado en el Congreso, y muy a pesar del Presidente del Gobierno, Mariano Raxoi, que procuró no solo no citar al innombrable Bárcenas, sino pasar rozando por el problema, para detenerse en el autobombo de una gestión de desastrosos resultados para la mayoría de la población, los grupos de oposición sí hablaron del asunto, mas sin la precisión que hubiera sido necesaria, y sobre todo, sin aportar soluciones que puedan satisfacer a los indignados y estafados ciudadanos. 

Una vez más, desde que el PP llegó al Gobierno se ha puesto en evidencia la abismal distancia entre unos supuestos representantes de la ciudadanía y esta. No es que el sistema representativo no valga, o que la democracia no sea el único sistema político razonable para que un país funcione. No falla el sistema, sino los actuales representantes, falla la manera de organizar el sistema representativo y alguna de sus instituciones, concretamente la Jefatura del Estado, en manos de una monarquía obsoleta, heredera de la dictadura, opaca y que no ha sido elección del pueblo, sino impuesta por un dictador. 

Con esa situación sus señorías, autistas o sordos a las demandas y problemas, pasaron el debate tirándose a la cabeza casos de corrupción, unos lejanos y otros bien actuales, sin aportar soluciones viables para acabar con un estado de cosas que hace que en la actualidad la vida política resulte irrespirable, y por ende, alejada de las acuciantes necesidades de un pueblo al que no dan respuestas a sus problemas. 
Producía estupor e indignación a partes iguales oír al Presidente del Gobierno hablar de la corrupción como si se tratase de una enfermedad sobrevenida un virus que ataca un organismo sin que este sea responsable de tal trastorno, cuando es su partido el que en la actualidad es el protagonista del mayor escándalo de corrupción que se ha conocido en los treinta y tantos años de historia de esta pseudodemocracia construida bajo la máxima lampedusiana de que ‘todo cambie para que todo siga igual’. 

Porque la realidad es que en el presente la corrupción está en el PP, y viene de lejos, de tan lejos como el caso Naseiro, descubierto en los mismos años en los que el caso de financiación ilegal del PSOE, sanamente aireado, juzgado y con condenas, a decir del actual secretario general de esa organización, Alfredo Pérez Rubalcaba, los vacunó contra posteriores similares desafueros. Sin embargo, no sucedió lo mismo con en el PP, que tras librarse de pasar por el tamiz de la justicia, siguió financiándose impunemente a lo largo de los años, como se está viendo desde que se destapó el caso Gürtel que, según todas las apariencias, no es sino la punta de un iceberg maloliente. 

Y en alusiones a la corrupción y al ‘y tú más’ en el que se enzarzaron los grupos políticos, más algún ‘qué hay de lo mío’ protagonizado por CiU, se diluyó el debate. Y nada se habló de asuntos como el modelo económico, que permite crueldades como los desahucios, despidos masivos e impunes por parte de una patronal feudal y egoísta, o  de que el sistema impositivo hace pagar más a los que menos tienen, y el dinero de los impuestos se va en financiar rescates a la banca mientras se priva a la ciudadanía de derechos tan básicos como la Sanidad o la Educación, inalienables prerrogativas del pueblo que paga religiosamente a través de unos impuestos que hurta el gobierno para entregárselo a la banca nacional e internacional, en una antagónica versión del mito de Robín Hood.  

El escritor irlandés George Bernad Shaw, Premio Nobel de literatura en 1925, militante socialista, de verbo ágil y frases lapidarias, dejó dicho que “los políticos y los pañales se han de cambiar muy a menudo… Y por los mismos motivos”. Y nunca como en el presente es aplicable esa frase a la política de este país de países, en la que los supuestos representantes del pueblo parecen ajenos a los problemas reales de la ciudadanía que, con tesón, les recuerda, tanto el pueblo como organizaciones no gubernamentales, y siempre con el mismo triste resultado. Aunque haya quienes se lo expliquen con claridad, haciéndole llegar al Presidente del Gobierno y a los grupos políticos, y en forma de carta. Como ha hecho, recientemente, en una misiva firmada conjuntamente, tres ONGs, Amnistía Internacional, Intermón Oxfan y Greenpeace, en la que, a través de diez puntos, instan al Ejecutivo a un cambio en sus políticas económicas, sociales y medioambientales*. 

Definen la situación política como “controvertida”, al tiempo que denuncian que se está aplicando una economía inestable, con pérdida de derechos sociales y una degradación ambiental sin precedentes, que dejan a las personas más vulnerables abandonadas a su suerte”. Y señalan que “mientras el mantra de la austeridad se ceba con los más débiles, la pérdida de derechos ha limitado la sanidad universal y mermado la calidad de la educación, ha recortado la solidaridad internacional y producido una regresión de las políticas sociales y medioambientales”.

Reclaman las ONGs asuntos muy similares a los que reclama la ciudadanía en la calle, que se adopten las políticas necesarias para garantizar, ante todo, los derechos de las personas, reorientar el modelo energético a favor del empleo y la sostenibilidad, y apostar por una política fiscal y económica equitativa y justa. Temas de los que sus señorías apenas hablaron, sordos o autistas, encastillados en la torre de marfil del Parlamento, ajenos los más, a los problemas reales de la calle, engolfados en sus guerritas de partido. 

Se duelen los políticos de que la calle clame que no la representa, pero nada hacen para cambiar la situación, por lo que se hace imprescindible reclamarles que se vayan, que se convoquen elecciones para que el pueblo pueda elegir nuevos representantes que, visto como actúan los actuales tribunos, habrá que buscar en opciones diferentes, políticos implicados en los problemas de la gente, dispuestos a servir a los ciudadanos y no a la banca o la oligarquía.


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