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En todas partes cuecen habas, o el fallido aeropuerto de Berlín



El aeropuerto de Castellón –esa excrecencia de cemento surgida del malsano cerebro del expresidente de la Diputación, Carlos Fabra-, viene siendo el paradigma de todos los derroches practicados en la época de aquella ficticia bonanza que vivió este país a modo de espejismo. Desde que se inauguró, sin aviones y, a decir de su impulsor, ‘para que paseen los ciudadanos’, no tiene más fin que costar al erario cientos de miles de euros al año y mostrar una horrorosa estatua de más de veinte toneladas a mayor gloria del presunto Fabra.  

La prensa internacional lo muestra con reiteración -en no pocos reportajes en los que la Comunidad Valenciana, con ese aeropuerto y las ‘ciudades’ diseñadas por el arquitecto insignia de Camps, el chapucero Santiago Calatrava-, como paradigma de todo el derroche que se perpetró en este país, y por el que los europeos, y sobre todo los alemanes, consideran que los ciudadanos han de pagar esos pecados, perpetrados por unos gobernantes ineficaces, cuando no corruptos. 

Para la BBC o la televisión japonesa, y cientos de reportajes realizados para países del Oriente Medio, o la prensa escrita de medio mundo, el aeropuerto de Castellón se convirtió en el buque insignia de cualquier dislate cometido por gobernantes españoles de la época en la circulaban los billetes de quinientos euros como si fuesen gominolas, yendo de mano en mano, de cuanto corrupto ejercía el poder o sus aledaños.

Sin embargo, oh maravilla, los alemanes no están a salvo de dislates similares, y, aunque presuman de ahorrativos y responsables, tendrían por qué callar, porque también ellos cometen irresponsabilidades y chapuzas. Lo más señalado de ese comportamiento que permite sacar los colores a los germanos, tan aficionados a criticar a los europeos del sur, es lo que está sucediendo con aeropuerto de Berlín, proyectado para ser inaugurado, en principio en 2010, y que ha ido retrasándose hasta el presente, cuando los sobrecostos amenazan con hacer quebrar a la sociedad creada para gestionar la obra. 

A raíz de la reunificación alemana, Berlín necesitaba un aeropuerto acorde con su nuevo status de capital de la gran potencia política y económica en que se ha convertido la República Federal. Mientras estuvo dividida, la ciudad había llegado a disponer de tres aeropuertos, contando el de Tempelhof, el histórico edificio de la época nazi, que fue cerrado en 2008; y de los de Tegel y Schönefeld, este último se integraría al Willy Brandt, el nuevo aeropuerto.

El Ministerio de Transportes y los Länder de Berlín y Brandenburgo (la región que rodea a Berlín, una ciudad- estado) pusieron en marcha un proyecto de construcción que está siendo un desastre sin aparente remedio. Tres veces se ha tenido que aplazar la inauguración por problemas técnicos graves. El último, el sistema de detección de incendios, tan lamentablemente realizado que va a obligar a destruir parte de la obra ya realizada y que lanza una sombra de duda bastante razonable sobre la fecha prevista de inauguración: el 27 de octubre del año 2013. 

El proyecto del gran aeropuerto internacional de Berlín-Brandenburgo Willy Brandt, se presupuestó en 2.800 millones de euros al principio, aunque, a base de retrasos, chapuzas y torpezas, el mastodóntico aeropuerto lleva ya una inversión de cuatro mil quinientos millones de euros, y está pendiente de que lleguen ayudas que deben ser aprobadas por el Bundestag, el Parlamento Federal, y la Unión Europea. En caso de retrasarse la entrada de dinero, la sociedad que gestiona la obra del aeropuerto berlinés podría quebrar. 

No es la primera vez que la ciudad de Berlín sufre grandes retrasos en obras que son consideradas ‘faraónicas’, Otro ejemplo es el saneamiento de la Staatsoper en la avenida Unter der Linden, que debería finalizar en 2013 pero que concluirá, en el mejor de los casos, dos años después, con el correspondiente aumento de unos costes fijados en 265 millones de euros. Alemania tiene en la actualidad varios proyectos inconclusos: las obras faraónicas y muy controvertidas de la estación de Stuttgart (sudoeste) y la Filarmónica de Elba, prevista en Hamburgo (norte), cuyos costos se dispararon.

Berlín, que se lleva la palma en cuestión de retrasos y chapuzas, es considerada una anomalía sociológica alemana a decir de muchos: “Berlín, para ser concisos, es una especie de paraíso-paradoja que ha surgido en un lugar Alemania, que, en principio, se podría decir que es el último en el que uno lo iría a buscar” explica de esa ciudad en su 'Diario al carboncillo de un berlinés" un astrofísico español, residente en esa ciudad desde hace años por culpa de la dejadez de la administración por la investigación científica. 

Otras voces que, igualmente conocen bien esa ciudad, describen Berlín como “un caso aparte en Alemania, y al tiempo quizá la única ciudad vivible -si se descarta el frío y la obscuridad invernal de como nueve meses-; su cordialidad no es un tópico, todos quienes lo han visitado quieren volver”. Aunque reconocen que “allí jamás hay prisa, la chapuza, una especie de 'ya veremos después cómo se arregla', es el pan de cada día, y, entre otros, a los empleados municipales, de cuando en cuando, se les acumulan nóminas sin cobrar, razón por la cual 'emigran' un ratito a cualquier país cercano, hacen pasta para ir tirando, y después, regresan a su patria querida... no, a su querida ciudad”.

Aunque Berlín sea una anomalía en la adusta Alemania de la Fürheresa Merkel, el caso del aeropuerto fallido es un buen argumento para cerrar la boca de los alemanes cuando exigen a los países del sur de Europa un comportamiento adusto y ahorrativo que parece que ellos no practican tampoco.

Y es que la paciencia con la intolerancia alemana parece estar agotándose entre la ciudadanía española, detectada incluso por el PSOE, tan desconectado en los últimos tiempos de las inquietudes del pueblo, que señala que “en España, la UE representa hoy mucho más una pesadilla que un sueño”. 

Y todos saben que la UE está prisionera de los deseos de una Alemania en la que, por lo que parece, tras conocer la gestión de la obra del aeropuerto de Berlín-Brandenburgo Willy Brandt, no es eficiencia ni ahorro todo lo que reluce.

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