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Todos los casos el caso: corrupción a todo Gürtel


Hay infinidad de asuntos en este país que deberían concitar la atención de los medios y los lectores. Mas, entre quienes publican o leen solo uno se ha convertido en 'el asunto'. Aquella noticia que hace, como repite machaconamente el tópico, verter ríos de tinta, o que acapara largas horas del minutaje televisivo, excepto en la otrora televisión pública, la extinta RTVE, convertida en la actualidad en TelePP: el asunto, evidentemente, es el de la corrupción en el PP, el partido que sustenta al Gobierno de la nación y que viene gobernando, desde hace decenios, en algunas comunidades autonómicas. 

Desde que el periódico El Mundo publicase la noticia, por la que no se ha querellado el PP, en la que se daba cuenta de los sobres de dinero con los que el ¿ex? tesorero Bárcenas -ex entre interrogaciones porque no se entiende que, de ser realmente ex, mantenga a cargo del partido que dice lo expulsó despacho, coche oficial y aparcamiento-obsequiaba a los dirigentes de ese partido, los medios no hablan de otra cosa. 

Y parte de la ciudadanía, una pequeña parte, se muestra asqueada ante comportamientos nauseabundos que aún no han hecho que la masa salga a la calle, furibunda, consciente de que ese dinero que, el administrador de las cuentas de los populares entregaba a los dirigentes de su partido, provenía todo él de lo que unos delincuentes sin paliativos hurtaban a las arcas públicas.

Lo sorprendente del asunto de la corrupción, que ahora ha estallado en el rostro del Presidente del Gobierno y del PP, Mariano Raxoi, es que se trata de un asunto del que todo el mundo hablaba sotto voce, todos parecían conocer, y nadie hizo nada, convirtiéndose de ese modo en cómplices consentidores de cuanto latrocinio ha dejado temblando de frío las arcas públicas de comunidades autónomas y aun del Estado. 

Saber debían saber, por ejemplo el mismísimo presidente del Gobierno de anteriores legislaturas, José Luis Rodríguez Zapatero cuando en sede parlamentaria reprochó al PP que recibiera comisiones de las empresas a las que daba concesiones en las comunidades donde gobernaba. Cuando el PP exigió que retirase aquella acusación, el responsable entonces del Gobierno de la nación, que sin duda tenía esos datos por los dirigentes autonómicos de las regiones donde se producía el delito, recogió velas cual timorato, en lugar de ordenar a sus correligionarios que denunciasen el delito en los altos tribunales de las autonomías donde se producía. Otro tanto aconteció cuando el mejor president que ha tenido la Generalitat de Catalunya, Pascual Maragall, acusó a CiU de cobrar el 3% de las obras que adjudicaba.

Parafraseando al personaje de la comedia de Ventura de la Vega, 'El hombre de mundo', todo Madrid lo sabía, todo Madrid menos él. Aunque en este caso habría que cambiar el nombre de la capital del Estado por el de de todo este país de países, carcomido por la enfermedad de una fétida corrupción que, como un cáncer incontrolable, corroe los cimientos de una pseudodemocracia donde brillan, por su ausencia, los valores de la ética, la honradez y la transparencia. Porque aquella vieja afirmación -atribuida al exministro de Aznar y expresident de la Generalitat Valencià, Eduardo Zaplana, o a otro militante de nombre Palop, y sobre la que no está clara la autoría- muchos están en política 'para forrarse'.

En un país civilizado la noticia de que el extesorero de un partido retribuyese a la cúpula del mismo con sobres de dinero negro, de procedencia más que sospechosa, habría supuesto una conmoción absoluta que conllevaría la dimisión de toda la dirección del mismo o, en el caso, como el que nos ocupa, de ser ese partido el responsable del Gobierno, a la dimisión inmediata del presidente y la convocatoria de elecciones anticipadas. Y, obviamente, a que se pusiera en marcha, y a toda máquina, el engranaje judicial.

Mas aquí no ha sucedido nada de eso. La primera reacción de la oposición, y hasta la segunda diríase, ha sido apocada y blandita. Y la del partido presuntamente responsable de delitos de latrocinio, ya sea fiscal, al no declarar los agraciados con dinero negro esa retribucción, ya sea por el cobro ilegal de comisiones que, a la postre, suponen un encarecimiento de las obras públicas que paga la ciudadanía. La única reacción al conocimiento de un hecho gravísimo que, de ser país verdaderamente democrático, habría obligado a la dimisión de toda la dirección esa formación, ya sea por omisión o comisión, se ha limitado a palabras hueras o acusaciones a las que no ha lugar porque, si conocen enriquecimientos ilícitos en otros partidos, su obligación, como el de todo ciudadano honrado, es el de denunciar la existencia de delitos y no poner un ventilador de mierda en la vida pública, como ha hecho hoy Dolores Cospedal, con la intención de desviar la atención de la cloaca de Génova 13.

Tampoco reacciona una ciudadanía que, a pesar de ser víctima directa del saqueo a las arcas públicas y responsable en parte de tanto recorte como sufre, no acaba de reaccionar y se encastilla en el pasivo comentario de que 'todos los políticos son iguales', mensaje intencionado propalado por la caverna mediática, para hacer creer a un pueblo ignaro que la corrupción es enfermedad inevitable y sin cura; una maldición de los dioses de la que nunca podrá liberarse.

Deberían recordar quienes no tienen memoria que, cuando se hizo público el caso Gürtel, el partido que ahora clama por su inocencia culpando tan solo al exsenador y presunto extesorero Bárcenas, salió en tromba defendiéndose con falacias como que el caso Gürtel no era un caso del PP, sino contra el PP, urdido por un maquiavélico Rubalcaba y un perverso juez como Garzón, al que la investigación de tanta ignominia le costó su carrera. Los desmemoriados debieran tirar de hemeroteca con el fin de ver las fotos en las que, como una piña, todo el PP se mostraba solidario con los procesados para clamar por su inocencia.

No es, pues, y como dijeron los líderes del PP, un caso contra ese partido la tozuda realidad demuestra que es realmente un caso del PP, el de una corrupción generalizada en el seno de una formación cuyos políticos, como sucede siempre en la derecha, están en el ejercicio de lo público no por ideas sino por cartera. Se constata cada día viendo como, cuando dejan sus actividades políticas, las empresas que privatizaron los dan cobijo con sueldos millonarios.

Queda por ver cómo evolucionará este escándalo al que solo los jueces y la ciudadanía pueden poner coto, expulsando a los corruptos de la vida pública. O, y pensándolo bien, Telefónica, proporcionándoles a todos ellos un cargo en su consejo de dirección, con sueldos millonarios que les compensen de perder la opción de saquear lo público como vienen haciendo y hacen desde que, en tiempos de Aznar, aquel paladín de la ética y la honradez, abrió las puertas del PP a Francisco Correa y sus secuaces. 

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