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Los culpables de la crisis o entre todos la mataron


La crisis enriqueció aún más a los supermillonarios en 2012” reza un titular del diario Público al explicar que los cien mayores magnates del mundo aumentaron sus fortunas en 241.000 millones de dólares, una cifra similar a la que se gastó este país en pensiones, desempleo, sanidad y prestaciones. Uno de esos afortunados fue Amancio Ortega, dueño de Inditex, la popular tienda de ropa Zara. Ortega incrementó su patrimonio en 22.200 millones de dólares. No solo porque venda mucho, sino por los enormes beneficios que obtiene a partir de haber deslocalizado sus fábricas de ropa, para llevarlas a países asiáticos donde paga sueldos miserables y en las que trabajan niños de muy corta edad.

Por su parte, el diario El País informa de que “El ajuste de la deuda externa se acelera”, en un artículo en el que se explica que la economía española redujo su deuda externa en 45.000 millones de euros. En otros titulares de ese periódico se puede uno informar de que la inflación subió un 2.9 en el 2012, que la electricidad lo hará un 3% este año o que el consumo de las familias se hundirá el año que acaba de comenzar a causa de la merma de ingresos de las familias. Son estos unos someros datos que reflejan las prioridades de un Gobierno que se preocupa más por satisfacer las exigencias de los especuladores internacionales, las compañías eléctricas y los oligarcas del dinero. Y que, al tiempo ponen en evidencia la pasividad de un pueblo que a estas horas tendría que reclamar masivamente otro enfoque económico del Gobierno o exigir su dimisión inmediata.

No es raro que a diario los diversos periódicos, casi todos sometidos a los dictados de la oligarquía financiera, publiquen análisis económicos cuyos autores quieren dar una versión de la crisis en la que todos coinciden sospechosamente: El Estado del Bienestar no es sostenible tal como lo conocimos hasta ahora, hay que tomar otro camino para mantener las mínimas prestaciones, generalmente privatizadas. Y todo ello porque los trabajadores y los sindicatos abusaron en los tiempos de bonanza. O dicho de otra forma, quieren hacer creer que la causa de la crisis está en quienes reclamaban derechos, o que vivieron por 'encima de sus posibilidades'.

Culpar al sector más débil de la sociedad es una forma muy hábil de mantener callado al pueblo para que asuma los recortes y privaciones impuestas por un Gobierno, al servicio tan solo del capitalismo más feroz e implacable que ha conocido la historia moderna. Muchos analistas se afanan en hallar explicaciones a la crisis que vivimos en este triste país y que no es solo consecuencia del crack internacional, sino de causas oriundas. Cierto es que este país está sufriendo las consecuencias de una economía torpe y rastrera que, durante años, se basó en la desaforada construcción de viviendas, de segundas y de terceras residencias, de pisos para la especulación, incluida la de los pequeños ahorradores que encontraban más beneficios al comprar un piso para venderlo luego por tres o cuatro veces el valor de compra, que otras formas de inversión. Cierto es también que la clase media, la clase trabajadora, sufrió un espejismo estúpido que provocó que muchos jóvenes abandonaran sus estudios para trabajar en el sector de la construcción, en el que ganaban sueldos que les permitían comprarse el piso y el BMV, viviendas y automóviles que han perdido con la crisis, a la par que su nula formación agrava su situación de paro.

Fue toda una escalada de irresponsabilidades, atribuibles no un pueblo cegado por un consumismo desaforado, al que incitaban bancos, políticos y empresas de publicidad, fundamentado en un estilo de vida de película en el que nadie podía prescindir de una segunda vivienda, un segundo coche, ropa de marca, televisión de plasma o cenas en sofisticados restaurantes. Cuando el dinero corría a espuertas por nuestro país, ni a políticos ni a empresarios ni a banqueros se les ocurrió que debía aprovecharse la coyuntura para invertir en nuevas tecnologías, en investigación, en la creación de un tejido industrial inexistente. Acomodados a esa extraña maldición del que 'inventen ellos' que Unamuno hizo famoso, quienes eran los responsables de cambiar los viejos hábitos  del país no hicieron sino acomodarse a lo rentable de la construcción y del turismo de segunda residencia, como si fuese una maná inagotable.

Además, al aprovechar que el dinero corría por las venas del país como el oro del jardín de las Hespérides, cientos de políticos, de todos los colores, aunque con mayor profusión los de la derecha, se embarcaron en sueños megalómanos que, de paso, les reportaban substanciosos beneficios obtenidos corruptamente. En la actualidad hay más de trescientos políticos imputados en casos de prevaricación, malversación de caudales públicos o tráfico de influencias, surgidos todos en la época de las vacas gordas y que afectan singularmente a tres territorios históricamente gobernados por la derecha: Baleares, Valencia y Madrid, sin desdeñar a Cataluña y Galicia. Ex ministros como Matas, Rato o Blanco, centenares de alcaldes, la mayoría de pueblos costeros sobre todo del Levante, consejeros de Cajas de Ahorros, o empresarios afines al PP que financiaban, presuntamente, a ese partido como en el caso Gürtel. Y un inacabable goteo de corruptelas que han llevado, en algunas regiones, como el País Valencià, a las arcas públicas a la quiebra. No están cuantificados los miles de millones del erario perdidos en los bolsillos de políticos corruptos. Ni el número de pensiones o subvenciones a parados que se podrían sufragar con los millonarios sueldos de asesores que no cumplen más función que la de constituir una corte de enchufados, ganapanes y pelotas, cuya única misión es la de regalar los oídos de quien los paga el sueldo.

Analizar las causas que llevaron al país a la situación de penuria que se vive en el presente, agravada por la política de un Gobierno sometido a los dictámenes de Bruselas, de Merkel y de las normas del ultraliberalismo más insolidario, aparenta que se pueda llegar a la conclusión de que tienen razón quienes culpan a la ciudadanía de los rigores de la crisis. Pero no está la culpa en haberse dejado llevar por la corriente consumista que los arrastró, propiciada por políticos, bancos y publicitarios que incitaban a un consumismo enloquecido. La culpa del pueblo, en caso de haberla, está en haber tolerado políticos torpes, ineficaces, irresponsables y ladrones.

Mas aplicando el viejo aserto de que nunca es tarde si la dicha es buena, aún se está a tiempo de poner pie en pared y obligar a la clase dirigente a que haga los deberes, a que gobierne para los intereses de la ciudadanía y no para los de la especulación internacional. De librarse de los corruptos y los torpes. Otra sociedad es posible, pero tendrá que construirla una sociedad que necesita, sobre todo, formación e información veraz. Y no va a proporcionársela el poder, tendremos que buscarla entre todos. 

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