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Corrupción: No es por la fiscalidad, es por la ética


Del Gobierno del PP podría decirse coloquialmente que le crecen los enanos. Después del rapapolvo que recibiera ayer por parte del comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn, y del Presidente de la Eurocámara, Martin Schulz, hoy se ha sabido que la Comisión Europea incluye a este triste país, junto con Ucrania, Servia, Rumanía, Hungría e Italia, entre los que, tras un análisis sobre la libertad en los medios de comunicación en Europa, no respetan la libertad informativa en los medios públicos. Coloca de ese modo a RTVE, asaltada por el PP tras ganar las elecciones, como uno de los manipulados por sus gobiernos, circunstancia que la Comisión Europea dice ver con preocupación, e insta a que se evite en la dirección de esas cadenas periodistas “con afiliaciones partidistas”.

Con ese panorama y frentes abiertos tan preocupantes como el del paro o la crisis económica, al Gobierno del PP aún le queda humor para presentar iniciativas parlamentarias que moverían a risa si detrás de ellas no estuviese un drama tan inquietante como la corrupción. Al Gobierno del PP no se le ha ocurrido mejor idea para combatirla que la de impartir conocimientos tributarios a los niños a partir de los once años, en el convencimiento de que será positivo para el cumplimiento de las obligaciones tributarias en la edad adulta y un elemento para prevenir el fraude fiscal.

En la proposición de ley, que ha partido de la diputada del PP, Matilde Asian, se afirma que disponer de una cultura financiera y tributaria “beneficiaría a las personas, reduciendo los riesgos de exclusión financiera y alentando a los ciudadanos a ahorrar y a invertir sus ahorros de forma eficiente, y también sería positivo para la economía en su conjunto”. Resulta un escarnio que el PP hable de riesgos de exclusión financiera y de alentar el ahorro, cuando a la vez no hace sino empobrecer a la población con medidas que parecen destinadas a profundizar en la exclusión social. El PP dice querer que los jóvenes estudien cómo administrar competentemente sus bienes. Precisamente cuando la juventud, expuesta a un paro que el presidente de la Eurocámara no dudó en calificar como de “vergüenza”, mantiene a millones de jóvenes en las orillas de la marginalidad. Pareciera que el partido de Gobierno piensa tan solo en sus privilegiados cachorros, esos que cuando acaben la carrera en una carísima universidad privada, preferentemente de la secta católica, serán colocados por sus papás o los amigos de sus papás, como asesores con sueldos de seis o siete cifras.

Si el PP tuviese verdadero interés en formar a los futuros ciudadanos como personas responsables, respetuosas con el bien común, en lugar de defraudadores al fisco y evasores de impuestos como los que, presuntamente, cobija en sus filas, no habría eliminado una asignatura tan imprescindible para hacer personitas como la Educación para la Ciudadanía, destinada a formar ciudadanos tolerantes, honesto y con sentido cívico.

Hay que estar muy ciego, o ser muy cínico, para atribuir el problema de la corrupción al desconocimiento de las obligaciones fiscales, porque es la consuetudinaria ausencia de ética  que padecemos la que está en el origen de la corrupción. La historia de la literatura nos presenta infinidad de paradigmas del individualista sinvergüenza que aprovecha cualquier situación en su propio beneficio, sin reparar en el daño que pueda causar a su prójimo. Ejemplos que, desde siempre, en lugar de ser entendidos como la crítica feroz que del problema de la ausencia de ética hicieron autores como Quevedo en la “Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños”, o el anónimo Lazarillo de Tormes, otro insigne desahogado de nuestra literatura, son celebrados con regocijo porque los más suelen interpretar como ingenio lo que es una censura a comportamientos desvergonzados.

En muchas ocasiones, aún con la que está cayendo, no es infrecuente oír a alguna gente exclamar que la política es una mierda, pero que ellos harían lo mismo que los políticos imputados por casos de corrupción. Les fastidia que hayan robado, pero no tienen conciencia de que son ellos los robados, que cada vez que un cargo público mete la mano en el cajón, los perjudicados son los ciudadanos, ellos mismos. Cuando una ministra del PSOE exclamó aquello de que 'el dinero público no es de nadie', no hacía, la muy torpe, sino expresar el convencimiento de la mayoría de un pueblo que sigue sin tener conciencia de lo común. Por esa razón defraudar al fisco no está mal visto por una sociedad que percibe la hacienda pública, no como la caja común de donde han de salir los dineros para su bienestar, sino como las arcas donde va a parar sus dinero no saben con qué objeto.

El que venga atrás que arree” parece ser la máxima preferida de este pueblo en el que el sentimiento de colectividad es prácticamente desconocido. Se ve cada día en la falta de respeto por el mobiliario urbano, por la higiene de nuestras calles y plazas, por la desconsideración con el prójimo y la indiferencia por cuanto sucede a su alrededor. Imágenes como las que protagonizó el pueblo alemán, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las amas de casa recogían con el capazo de la compra un montón de escombros para ir, poco a poco limpiando su ciudad, es una imagen impensable en este país donde se anteponen siempre los intereses particulares a los comunes.

Es ética lo que debe enseñarse a los jóvenes, una ética que permita considerar inadmisibles los manejos de los políticos con el dinero público, que los lleve a no reelegir jamás a gobernantes marcados por la corrupción, a que, si llegaran a dedicarse a la política, aquella ética que aprendieron desde niños, les impida llevar a cabo las odiosas maniobras que viene realizando parte de nuestra clase política. Muy especialmente la que se cobija bajo la gaviota -ave carroñera donde las haya- que, tal como se va averiguando, anda enfangado en una operación de corrupción generalizada que permitió que sus extesoreros se convirtiesen en multimillonarios con grandes propiedades allende los mares.

Cuando el señor Bárcenas contactó con el mismo mediador que lavaba los dineros del mafioso Gao Ping, con el fin de esconder el dinero negro que tenía en Suiza, no lo hizo porque no supiera que estaba cometiendo un delito, lo sabía perfectamente. No eran desconocimientos fiscales lo que le empujaron a cometer esos desafueros, fue la falta de honradez, su carencia de ética. Lo mismo puede afirmarse de esos altos cargos que recibieron encantados sobres de dinero de obscura procedencia, y que no declararon al fisco, o de los enjuagues llevados a cabo por Carlos Mulas en la Fundación Ideas, con el fin de embolsarse grandes cantidades de dinero o que se las embolsara su mujer.

Contra el nauseabundo espectáculo de la corrupción no se lucha con lecciones de fiscalidad, sino con educación de la buena, esa que hace libre y honrados a los pueblos, y de la que el PP huye como de la peste, consciente de que cuanto más culto es un pueblo es más libre, y un pueblo libre jamás tolera a unos gobernantes como los de ese partido. Lo demás son pamemas, maniobras de distracción de un partido político que bien haría en limpiar su casa. 

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