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La última víctima propiciatoria del Dios Dinero: Amaia Egaña


En la antigüedad y por motivos religiosos se practicaban crueles sacrificios humanos. Los historiadores nos dan cuenta de ellos desde las primeras civilizaciones. Ya de la prehistoria se tienen datos de esos sacrificios, y los hay documentados por restos arqueológicos en Ur, Mesopotamia y Egipto, donde se encerraban vivos a los servidores en las tumbas de sus señores, o se les daba muerte en el momento del entierro; en las civilizaciones celtas y fenicias; en Grecia, donde se llevaban a cabo en honor de la diosa Artemisa; o en Roma, en la que los juegos de gladiadores eran de alguna forma sacrificios rituales, los que se llevaban a cabo con los prisioneros de guerra en honor a los dioses menores de los hogares –Manes, Lares y Penates- y en Israel, de los que dan cuenta libros de la Biblia, como los de Isaac  (Gen.  22),  el  de la  hija  de Jefte  (Jueces  11,31) o el del  hijo  del rey  Moab  (I1  Reyes,  3,27). También narran los historiadores los sacrificios rituales que practicaban mayas e incas en la América Precolombina. Tras la llegada de los españoles se siguieron practicando sacrificios humanos, mas entonces ya no se llamaron así, sino evangelización.

En la civilización occidental, sobre todo después del siglo de las luces, en Europa pareciera que esas brutales prácticas habían sido olvidadas. Mas desde hace un tiempo, y aunque no se reconozcan como tales, siguen practicándose inmolaciones humanas en honor al Dios Dinero. ¿De qué otra forma pueden calificarse las muertes que se han producido a causa de los desahucios que lleva a cabo una banca sin alma contra los ciudadanos víctimas de la crisis y de unas políticas sociales inexistentes que, en nombre de la recapitalización de los bancos, niega cualquier asistencia a los millones de personas que han perdido su trabajo?

En el entierro de Amaia Egaña, la última –hasta el momento- víctima del voraz Dios Dinero, los asistentes señalaban a los culpables del crimen: los bancos y los políticos. Al recalcar que la mujer que falleció en Barakaldo al tirarse por una ventana cuando iba  a ser desahuciada no fue un suicidio sino un asesinato perpetrado por el terrorismo de Estado y por la banca, se preguntaban quiénes van a pagar esa muerte, que no fue consecuencia de un trastorno mental ni de una obcecación, sino de la brutalidad de una ley abusiva, de las prácticas de unas entidades financieras que vienen llevando a cabo, desde que comenzó la crisis, unas políticas carentes de alma y de conciencia, amparadas por la indiferencia o incapacidad de unos políticos, que no han sabido, o más bien querido, poner coto a unas prácticas que hasta la UE denuncia como ilegales y abusivas.

Los responsables del fin de Amaia Egaña, de José Manuel Domingo y de otras personas cuyos óbitos no trascendieron –todas causadas por el drama de los desahucios y que no han sido documentados a causa de la combinación siniestra de opacidad informativa y connivencia de la mayoría de medios de comunicación con el gran capital- son responsabilidad de los sacerdotes del Dios Dinero, aunque no se sentarán en el banquillo de los acusados, a menos que la sociedad acabe por despertar, colérica, para llevar a los tribunales, después de una revolución, pacífica o no, a quienes han propiciado los dramas humanos, el fallecimiento de personas cuyo único delito, el carecer de medios económicos para hacer frente a las hipotecas, les costó la vida, fueron condenados a muerte por un Estado al servicio único del poderoso y cruel Dios Dinero.

Asustados por la repercusión de la noticia de los suicidios de esas personas –que sin duda son muchas más de las que conocemos- los políticos han decidido ahora ‘hacer algo’. Lo que deberían haber hecho hace varios años. No se puede entender que el PSOE, si de verdad fuese un partido socialdemócrata, no pusiera coto a los abusos de la banca cuando gobernaba. No es fácil de entender a priori; porque a poco que se analice queda prístinamente claro que ese partido ha sido, y es, prisionero de los intereses de la banca y el capital del mismo modo que el PP, porque debe a las entidades bancarias grandes cantidades de dinero. Y, además, sus economistas y sus líderes jamás se han planteado otra opción económica que el capitalismo puro y duro por mucho que se inclinen por las políticas keynesianas.

Con el susto metido en el cuerpo por las muertes de varias personas, el de la reprobación a la ley Hipotecaria por parte de Europa y el patente descontento social a punto de convertirse en iras y revueltas, el PP decidió, laus deo, ponerse de acuerdo con el PSOE para ‘hacer algo’ y poner freno a esa dolorosa e inicua sangría. El presidente del Gobierno, Mariano Raxoi, manifestó su voluntad de frenar los desahucios de los más débiles, haciendo referencia a las familias en paro y con hijos, como si los jubilados o los parados sin familia no fuesen igual de débiles. Quizá es una manera que contempla el presidente del Gobierno para mantener un ten con ten, para no concitarse la ira de sus amos, los sacerdotes del Dios Dinero, los banqueros. Sin embargo, desmintiendo con su actitud la voluntad de solucionar de verdad el problema, los dos grandes partidos no han querido abrir el diálogo a partidos de izquierdas como IU, ni a los afectados por el drama, que algo, se supone, tendrían que decir al respecto. Todo cuanto acuerden PP y PSOE que no sea suspender la obligación de abonar las cuotas de las hipotecas en cuanto el hipotecado haya perdido el trabajo, o se articule un ‘rescate’ de las personas en situación de precariedad, con la misma generosidad que se ha rescatado a la banca, no será sino un lavado de cara, un poner paños calientes a un absceso que el día que reviente se llevará por delante mucho más que a los débiles que hasta el presente han caído, víctimas de la codicia y la implacable voracidad del Dios Dinero.

Porque de la banca, exceptuando Kutxabank, que anunció que iba a paralizar los desahucios hasta que exista una nueva legislación, nadie ha reaccionado al drama de quienes se ven despojados de su casa por haber cometido el delito de perder el trabajo. Los presidentes de los mayores bancos de este país, Emilio Botín y Arturo González, el Santander y el BBVA respectivamente, no se dignaron hablar del asunto. El que sí lo hizo fue el del banco Popular, Ángel Ron, para advertir, con desvergüenza, que introducir cambios en la ley hipotecaria para paralizar los desahucios podría "premiar" el impago y añadir "dificultades" a la recuperación de la economía.   

Falta ver, si ante la actitud de los financieros, de esos siniestros sacerdotes del Dios Dinero del que se rodea tan solo el 1% de la población, que cuenta con todo aquello de lo que carece el otro 99%, en palabras del Premio Nobel Joseph E. Stiglitz, los políticos, por una vez, deciden ponerse al servicio de la ciudadanía y no al de ese devorador e implacable capital. Les va en ello no solo su prestigio, sino su supervivencia, y tal como se empieza a cargar de ira la sociedad ante la injusticia y la brutalidad de los poderosos, quizá no solo la supervivencia política, sino la real. 

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