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Una ciudadanía harta rodea el Congreso a pesar de las coacciones del Gobierno



Como en algunas iglesias y organismos oficiales de arquitecturas antañonas, el aire de este país está adquiriendo un olor irrespirable, un indefinible y poco grato aroma a rancio, a atmósfera poco respirable y nada ventilada, común a iglesias, conventos, ayuntamientos, diputaciones o ministerios cuya sede se encuentra en viejos edificios decimonónicos. Huele en España a dictadura y a viejos hábitos de represión. En Madrid, a los ciudadanos que, con toda legitimidad muestran su rechazo a las políticas económicas reaccionarias y ultracapitalistas del Gobierno del PP, la policía identificaba manifestantes, detenía y registraba autobuses que desde diversos puntos de este país asolado por la crisis se dirigían a la capital del Estado con ciudadanos cuyo propósito era el de manifestarse en contra de unos presupuestos destinados a empobrecer a la sociedad para enriquecer, aún más, a los especuladores financieros.   

En el deseo de hacer desistir a las personas que, haciendo uso de su legitimo derecho a mostrar rechazo a unos presupuestos elaborados con la intención de favorecer los intereses de la banca internacional, las llamadas Fuerzas de Orden Público por la que se define a sí misma como ‘gente de orden’  y que no son sino agentes del desorden ético de una economía ultaneocon, estuvieron varios días asustando a los manifestantes con la falacia de que a la manifestación del movimiento Rodea el Congreso convocada para el sábado iban a asistir alborotadores antisistema violentos, insinuando que la pacífica protesta convocada por ciudadanos hartos de recortes, se podría convertir en una batalla campal.

Con la misma voluntad disuasoria, la Delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes, vino repitiendo a lo largo de los días previos a las manifestaciones convocadas para dejar patente el divorcio entre los políticos, muy especialmente los del PP, y la sociedad, que ‘no había sido comunicada legalmente la manifestación como –insistía- marca la ley’. Afirmación muy discutible, si se tiene en cuenta que el artículo 21 de la Constitución de 1978 no habla de autorizaciones ni comunicaciones previas para ejercer un derecho reconocido en cualquier democracia moderna.

La violencia registrada en la primera manifestación de Rodea el Congreso, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo y provocaron la esperpéntica decisión del Gobierno de castigar a quienes graben imágenes de los abusos policiales, sin duda escandalizaron en los países europeos y el Ejecutivo ha querido huir de la posibilidad de que se repitieran los reproches que le dedicó la prensa internacional, no por convicción democrática sino para que no se ponga de manifiesto su talante represor y antidemocrática, motivo por el que ha hecho uso, con poco éxito porque la ciudadanía está muy harta, de una disuasión tramposa y manipuladora, intentando poner la mordaza a quienes no se sienten representados por un Gobierno que llegó al poder a través de un golpe de estado en las urnas, con mentiras y engaños, utilizando a una población con poca o nula formación política y que, con la ayuda de una ley electoral injusta, le dio la mayoría absoluta.

Pese a todos los intentos de disuasión y coercitivos, la protesta constituyó de nuevo un éxito, porque, cada día más, la población es consciente de que las políticas de este Gobierno no conducen sino a más miseria y más dramas para el pueblo. El vaso de la paciencia de la ciudadanía empieza a verse colmado con las gotas del escandaloso aumento del paro, cuyas cifras alcanzarán pronto los seis millones de personas sin trabajo, muchas de ellas víctimas de una reforma laboral que no ha hecho sino facilitar los despidos masivos a través de ERES inmorales, y que está colocando a este triste país en el mapa de aquellos donde se puede abusar del obrero con más fácil comodidad. Lo confirma el hecho de que la fábrica de automóviles Ford cierre una factoría en Bélgica para aumentar su producción en Sagunto. Evidentemente la decisión no está motivada por que a los directivos de la Ford les parezcan los españoles mejores trabajadores ni su gobierno más simpático, sino por la triste realidad de que aquí los obreros tienen menos derechos que en los países de nuestro entorno.

A esa situación de explotación a la que este Gobierno, del PP, somete a los trabajadores hay que sumar el tremendo drama de los desahucios que ya están cobrándose vidas humanas, el desmantelamiento de la Escuela Pública, y la Sanidad, y todos los dislates y abusos que comete un Ejecutivo que, encastillado en su mayoría absoluta, hace y deshace sin tener en cuenta los intereses del pueblo, ignorando a los ciudadanos, tratándolos con el mismo desprecio que los señores feudales miraban a los siervos de la gleba.

‘Lo rodeamos porque es nuestro’ decía una de las pancartas que se pudieron ver el sábado en la manifestación de Rodea el Congreso. Mas ahí radica el problema, este Gobierno ignora que el Parlamento es la representación del pueblo soberano. Lo ignora o lo rechaza imbuido del convencimiento de que pertenece a una casta privilegiada destinada a gobernar en beneficio propio y de los suyos, sin tener en cuenta que en las democracias los gobernantes están al servicio de la ciudadanía y no al revés.

Habrá, pues, que seguir diciéndoselo, reclamando nuevas elecciones y la apertura de un periodo constituyente que libre al país del sometimiento económico al que le condenó una reforma constitucional perpetrada por la puerta de atrás, de espaldas a los intereses de los ciudadanos y en beneficio de la banca internacional. No anda muy desencaminado Julio Anguita cuando califica aquella reforma que antepone el pago de la deuda a las necesidades de los ciudadanos como una traición.

Se equivocan quienes califican los movimientos de protesta como antisistema. Los miles de ciudadanos que claman por la dimisión del actual Gobierno, por la redacción de una nueva Constitución y contra unos políticos que no los representan no están en contra de la democracia, de la existencia de los partidos políticos y del sistema representativo. Muy al contrario, quienes parecen estar en contra de la democracia, quienes no representan los intereses del pueblo son los políticos que han vendido el país a la oligarquía financiera no se sabe en nombre de qué espurios intereses. 

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