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La España retrógrada y obscura: El drama de El Salobral


Entre la vorágine de sobresaltos que proporcionan la crisis, los recortes, la deriva fascista del partido en el gobierno, el hundimiento electoral del PSOE, la prima de riesgo, las manifestaciones calificadas de ‘antisistema’ por un gobierno decidido a cargarse el sistema social y aun democrático de este país de países, las amenazas por parte de añejos militares contra los conatos soberanistas catalanes, los consejos bélicos de un vicepresidente europeo de honda raigambre española y las cartas aprensivas de catalanes que piden ayuda a Europa para no ser invadidos, súbitamente, saltan al mundo informativo noticias que dan cuenta de que este triste país de países, además de todos esos inquietantes asuntos, sufre una especie de cáncer o maldición; la de permanecer anclado en el pasado, por mucho que, en ocasiones, cieguen algunos destellos de modernidad que no son sino meros espejismos que ocultan la realidad de un país que no evoluciona ni se moderniza.

Ha bastado que un violento demente haya asesinado a una adolescente sobre la que creía tener poder para que se haya puesto de manifiesto el rancio carácter de los ciudadanos, las fuerzas de seguridad y aun los periodistas de un país que no aprende a librarse de sus acendrados y retrógrados tics, por mucho que se quiera ocultar tras artilugios tecnológicos el olor a tocino rancio, a vino malo, a cirio y a prejuicios.

Lo acaecido en una pequeña pedanía de Albacete, El Salobral, tiene todos los ingredientes de una tragedia lorquiana o un folletín de don Jacinto Benavente: Ambiente rural, amores imposibles, armas de fuego… y la tragedia como ingrediente final. Y unas grandes dosis de irracionalidad en todos los integrantes del siniestro episodio en el que perdió la vida una adolescente de trece años, un señor que pasaba por allí y el asesino de ambos, un Rambo descerebrado que acumulaba armas ante la indiferencia de unas autoridades sumamente laxas a la hora de controlar la posesión de tan peligrosos y letales instrumentos.

Algún día debería algún instituto de los que se encargan de hacer estudios sociológicos indagar sobre cuántas muertes se producen cada año por crímenes cometidos por cazadores que, utilizando la escopeta con la que están habituados a dar muerte a indefensos animales, o con otro tipo de armas a los que les resulta sumamente fácil acceder una vez que cuentan con la licencia de armas de caza, disparan contra sus semejantes con la misma brutal indiferencia que lo hacen contra los animales.

El asesino de El Salobral dio muerte a una niña de trece años, en lo que sus familiares y mucha estúpida prensa, se han empeñado en mostrar como el crimen pasional de un desnortado, cuando lo que se ha producido ha sido un crimen de violencia machista de libro: Un tipo ignorado por la mujer –una niña en este caso- con la que estaba obcecado la asesina al fracasar en sus intentos de seguir manteniendo relaciones con quien le rechazaba y a quien, seguramente, consideraba como una propiedad.

La familia de la menor se había quedado ronca denunciando la relación y el posterior acoso del Rambo de pacotilla que, disfrazado de matón profesional, puso fin a la vida de la menor, de un vecino y por fin de la suya propia. Resulta lastimoso que esos tipejos violentos no alteren el orden de sus fechorías y empiecen por quitarse la vida ellos mismos.

Lo sangrante de esta triste historia, en la que la Guardia Civil ha quedado como el cuerpo obsoleto que es, sin sensibilidad alguna para los asuntos de violencia machista o de defensa de menores, hizo oídos sordos a la preocupación de la familia de la niña. Y a la indiferencia demostrada por ese cuerpo antes de la tragedia hay que sumar la sonrojante actitud de los medios, casi todos, empezando por el ‘imparcial y global’ El País que estuvo tratando el suceso desde el principio con los mismos criterios informativos de un periódico de provincias del siglo pasado.

En su afán de una supuesta imparcialidad, de dar voz a todos los actores de la tragedia, permitió desde el primer momento que se criminalizase a la víctima, presentada poco menos que como la culpable de que se desencadenara la violencia por provocar el ardor amoroso del pobrecito asesino. Dándoles voz a los familiares del homicida, la prensa ha actuado vergonzantemente al permitir que, de alguna manera, se encontrasen razones y disculpas a lo que no tiene justificación alguna.

No es la primera vez que los medios, por cuyas redacciones siguen transitando aún mucho cretino retrógrado, confundiendo el machismo con una supuesta imparcialidad, cuando se produce un asesinato machista se permiten buscar la voz del que justifica el crimen porque la víctima ‘provocaba’ a su exterminador, o indagan en la biografía de la asesinada datos que expliquen el proceder del verdugo. Son hábitos del pasado de los que este triste país no se acaba de librar, cuando, como en este caso, se confunde el terrorismo machista con lo que antaño se llamaba ‘crimen pasional’ para justificar el atroz ‘la maté porque era mía’ que aún anida en la oquedad de los cerebros de muchos de los habitantes de estas tierras de cafres.

Para completar el puzzle de ese caleidoscopio de tosquedad retrógrada, de analfabetismo moral, de sociología rancia, no podía faltar el ingrediente del talibanismo religioso que, como guinda al pastel del drama, puso la ¿periodista? de RTVE, Mariló Montero, al plantear la inconveniencia de que los órganos del asesino pudiesen transplantarse por el peligro de que el trasplantado sufriera una invasión del alma del asesino, y, como en la novela de Mary Shelley, El Monstruo del Doctor Frankenstein, el trasplantado pudiera convertirse a la vez en un asesino en potencia.

Lo irritante de ese asunto no es que la periodista sea una débil mental sin formación alguna, lo indignante es que en la televisión pública una señora con escasa inteligencia plantee la existencia del alma, dando por incontrovertibles las teorías religiosas que la sustentan, a la vez que, ignorante, daba pábulo a supersticiones estúpidas en detrimento de la ciencia y el sentido común. 

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