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El divorcio del rey con la ciudadanía


En las manifestaciones en las que miles de ciudadanos indignados claman por la dimisión del Gobierno del PP y la redacción de una nueva Constitución que garantice, de verdad, los derechos de los españoles cada vez se ven más banderas republicanas. En la mente de quienes quieren una nueva Constitución es seguro que no se contemple un artículo como el 1.3, que consagra como forma política del Estado la monarquía parlamentaria. Durante muchos años se aseguraba que los españoles no eran monárquicos sino juancarlistas. Mas en los últimos tiempos el divorcio entre el pueblo y el monarca se viene haciendo patente porque el Borbón parece decidido a ganarse a pulso un billete de ida y sin vuelta al exilio.

En esa desafección por la monarquía que, sobre todo en los jóvenes, se hace notar con mayor intensidad cada día, no solo han contribuido los escándalos del marido de su hija Elena, sino las aventuras cinegéticas del monarca, que no solo son mal vistas por una mayoría de jóvenes sensibles al animalismo, sino también por lo que de despilfarro supone esa sangrienta afición del monarca que ha practicado con la desfachatez consuetudinaria de todas las testas coronadas que han transitado por la historia acostumbradas a solazarse dando muerte a animales indefensos mientras su pueblo se moría de hambre.

Aunque el desapego de muchos ciudadanos por el Borbón no se limita al rechazo que, sin duda, provoca el tren de vida de la familia real que goza de un presupuesto millonario a costa del erario en un país al que se le exigen sacrificios sin cuento. Cuesta trabajo observar con templanza la pamela de la princesa de Asturias en una boda europea cuando no se sabe qué techo cobijará al día siguiente a quien un banco condenó al desahucio, o simplemente qué se podrá dar de comer a los hijos durante una larga semana sin ingresos.

Con todo, no son solo las aventuras cinegéticas del monarca, el muelle estilo de vida de toda su real familia, o las estafas de su yerno lo que cada día alejan más a los ciudadanos de la figura de un rey que, parece que con voluntad de suicidio político, cada vez que abre su real boca le da una patada a la estabilidad de la monarquía comprometiéndose en la defensa de un gobierno que no hace sino destruir los derechos de los ciudadanos y de una oligarquía egoísta y estafadora.

El compromiso del Borbón con el mundo del dinero y con el Gobierno, del PP, se viene poniendo de manifiesto en los últimos meses con más descaro que inteligencia. En su último viaje a la India confirmó su apoyo a las sádicas reformas del Ejecutivo, llevadas a cabo todas en beneficio de la oligarquía y en detrimento de los trabajadores y la clase media, con un discurso que si bien sería redactado en La Moncloa, en el monarca podría haber estado la voluntad de rectificar algunas loas para mostrar un poco de cercanía con las víctimas de los recortes.

En lugar de eso, en la cena de despedida del viaje –realizado todo él a expensas de los contribuyentes y en beneficio tan solo del empresariado- el rey mostró su acuerdo tanto con los recortes injustos e injustificables que lleva a cabo el Gobierno del PP, como con su inicua reforma laboral que deja prácticamente inerme a la clase trabajadora frente al poder de un empresariado con alma de señor feudal antes que de empresarios modernos y democráticos. A la hora de avalar las reformas económicas del Gobierno, el rey dijo que las medidas para reducir el déficit y la reforma laboral suponen un cambio estructural que sirve “para adecuar el mercado laboral a las necesidades actuales”, necesidades, evidentemente de los empresarios, nunca de los trabajadores. Éxito logrado, según el Borbón, gracias al “esfuerzo y el sacrificio de nuestros ciudadanos”.

Podría preguntársele si es consciente de que los esfuerzos y sacrificios impuestos a los ciudadanos por el Gobierno del PP lo están siendo con la oposición de muchos cientos de miles de españoles que rechazan una política de ultraderecha que tan solo beneficia a las oligarquías. Seguramente al rey de ‘las Españas’ le importe un ardite la situación de penuria de los trabajadores y una extinta clase media abrumada por injustos recortes llevados a cabo con criterios neocon porque en su mentalidad no caben esas preocupaciones sino la de ganarse la simpatía de los oligarcas, aquellos gracias a los cuales hace rentables negocios o le invitan a cacerías en países exóticos donde dar rienda suelta a sus sádicas aficiones.

Con sus declaraciones estrambóticas, como las hechas a la prensa áulica que le acompaño a su viaje a la India, el monarca no hace otra cosa que ahondar el abismo que separa a una ciudadanía más que harta de recortes y pérdida de derechos de una monarquía enrocada en sus privilegios. En ese encuentro con la prensa, el Borbón pronunció frases tan inoportunas  y tabernarias como que “España saldrá de la crisis con un cuchillo en la boca y una sonrisa’, como si este país fuese un legionario chiflado de los que, sin duda, gozan del afecto real, o al manifestar que este país está mejor visto fuera que dentro porque, ante lo que él define como ‘algunos análisis’ y que sin duda no son otra cosa que la fotografía de la realidad, ‘dan ganas de llorar’. Ganas que, seguramente, el Borbón se aguanta echando un vistazo a su abultada cuenta corriente, o gozando de su elevado tren de vida.

Tomando posición junto al Gobierno y la oligarquía y olvidando las lecciones de historia que seguramente nunca aprendió como es debido, el rey viene reproduciendo el comportamiento de su señor abuelo Alfonso XIII –actitud que le costó la corona y el exilio-. Al colocarse frente a la ciudadanía explotada y maltratada por un gobierno al servicio del capitalismo neocon más exacerbado el Borbón esta firmando el fin de la monarquía española. 

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