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Vergüenza de España: El crimen contra Volante


Esta mañana, en Tordesillas –Valladolid- ha vuelto a consumarse la barbarie vergonzosa del crimen contra el Toro de la Vega. Este año era un bóvido de cinco años, un animal espléndido y lleno de vida que ha sido malvadamente torturado hasta morir, por una recua de especímenes para los que es difícil encontrar un término que pueda calificarlos.

La persecución y agonía de Volante ha durado veinte minutos, veinte minutos de gratuita maldad contra un animal aterrorizado que intentaba huir de unos locos que han dado rienda suelta a unas pulsiones, que no sentimientos, que han mostrado lo peor, lo más vil y aberrante de unos personajillos que no merecen la consideración de seres humanos.

Las protestas por esa ceremonia de barbarie, sin embargo, no pone ni el menor velo de rubor a los políticos que lo consienten, e incluso lo promueven, como el alcalde de la localidad, José Antonio González, del PSOE –para vergüenza y oprobio de un partido que si tuviese dignidad habría expulsado de sus filas a quien consiente y jalea a sus vecinos para que participen en tal ceremonia de sadismo- que el pasado año declaró la barbarie como ‘patrimonio cultural inmaterial’. Cabe preguntarse qué entiende por cultura ese energúmeno ágrafo que ostenta la alcaldía. 

Esta escribidora compadece a las personas a las que la sociedad impidió adquirir esa cultura que, en general, suele hacer mejores a los individuos. No es el caso del regidor González que, sin duda, es de esos burdos personajillos que se refocilan en su incuria y vileza al no solo permitir, sino promocionar, una crueldad que tendría que estar más que proscrita en un país civilizado.

Mas al contrario, las autoridades locales y las de Castilla-León, que declararon el aquelarre de brutalidad como ‘Fiesta de Interés Turístico Nacional’, se complacen en el sadismo de lo que ellos llaman fiesta y que este año ha contado, además, con la protección de unas Fuerzas de Seguridad que pagamos todos, y que ha disuelto de malas maneras a las personas que protestaban contra la barbarie en estado puro que protagonizan una serie de descerebrados sin alma que, siendo generosos con ellos, precisan de un urgente tratamiento psiquiátrico.

Esas mismas Fuerzas de Seguridad –que insisto, pagamos todos- han evitado no solo las protestas de los antitaurinos, sino que, siguiendo la tradición fascista, han impedido el acceso de las cámaras que puedan mostrar al mundo la vileza de lo que, una serie de hijos de puta violentos, consideran ‘un bien inmaterial cultural’.

Aunque a millones de ciudadanos lo que nos gustaría es ver ante un juez decente a todos los que participan en ese crimen, desde los cuarenta mil carniceros sin dignidad ni vergüenza que se han trasladado a ese mísero pueblo de poco más de seis mil habitantes, hasta a las autoridades que promueven esa vergüenza nacional, que a esta escribidora la impele a desear no pertenecer a un pueblo y un país que se refocila en diversiones tan inhumanas.

De nada han servido las protestas de los animalistas a nivel mundial, ni el que las redes sociales hayan ardido en protestas; el desdichado Volante ha sido perseguido brutalmente por una recua de mal nacidos que, trasgrediendo hasta su propio reglamento, han acosado y dado muerte al bóvido más allá de los límites que en teoría podrían haberle salvado la vida, dado que sus perseguidores eran presos de una enfermedad mental muy mala, si su única obsesión era alancear hasta la muerte a un ser indefenso, porque, pobres eunucos mentales, cifran su virilidad en torturar a un herbívoro aterrorizado.

Habría que recurrir a expertos psiquiatras para que explicasen qué procesos mentales llevan a los cuarenta mil participantes en esa ceremonia de sangre y brutalidad a sentirse felices y realizados maltratando de esa forma tan sádica a un animal indefenso, porque a las mentes de cualesquiera seres civilizados, sin conocimientos psiquiátricos, se nos escapa la razón del disfrute ante el dolor y la sangre vertidas tan gratuita y brutalmente.

Puede pensarse que los que participan y son espectadores de la aberración son seres sin autoestima ni respeto, sin valores humanos y víctimas de muchas disfunciones mentales y sexuales, gente enferma. Mas el alto número de participantes lleva a descartar la idea, cuarenta mil individuos todos presa de la misma enfermedad mental resultaría extraño.  Por lo que más se puede considerar que se trata de la brutalidad inherente a una parte de pueblo español, sádico y cobarde, acostumbrada a inclinar la cerviz frente a los poderosos y a ser brutal con aquellos que saben más débiles.

Irrespetuosos e incluso criminales con quienes no comparten sus ideas y sus gustos –‘a los antitaurinos hay que matarlos’ exclamaba una tordesillana analfabeta ante las cámaras de una televisión- son la esencia de la España negra, ruin, beata, ágrafa y brutal. La personalización de una España que a muchos nos hace abominar de la españolidad tal como la entienden determinados políticos –por desgracia no solo de la derecha- que se enrocan en una mal llamada tradición que representa lo peor -lo más sucio y negro- de este triste país.

No leerán los promotores de esa salvajada este posteo, no lo harán ninguno de los que han participado en la abominable mal llamada ‘fiesta’, ni lo harán los protagonistas sádicos del alanceamiento salvaje del desdichado Volante. Me gustaría poder preguntarles qué traumas y frustraciones, qué impotencias vitales y sexuales los llevan a considerar que un crimen semejante contra un animal indefenso puede considerarse cultura.

A esta escribidora le encantaría averiguar cuál es su biografía, qué trayectoria vital los condujo a ser unos seres incultivados, ruines, ágrafos y sin alma. Hoy, ahítos de sangre y vino malo, andarán por Tordesillas beodos, realizados y orgullosos de lo que millones de personas contemplamos con horror. Son la esencia de lo peor de esta España anclada en el medievo.

Hoy muchos millones de ciudadanos nos sentimos avergonzados de ser españoles, avergonzados de los políticos que promueven salvajadas como la tortura y muerte de Volante, y de los sádicos malvados que han participado en el aquelarre de sangre y violencia. Malditos sean aquellos que roban la dignidad de un país.

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