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Un encuentro con una viva historia de Memoria Histórica


Un encuentro fortuito, un comentario sobre el perro, otro sobre la edad, y de pronto te encuentras hablando de la memoria viva de quien no habla de historia sino de sus propios recuerdos, de su difícil existencia. No es Memoria Histórica, es memoria aún viva, entretejida de rabia, impotencia y dolor. Esa memoria que hace daño, que duele, porque es un capítulo sin cerrar que tortura a quienes, al cabo de muchos, muchos años, no han podido cerrar el duelo a causa de la ausencia de certezas.

Bajaba por una calle sombreada, de regreso del paseo matutino con el perro. Se había hecho tarde pero, ¿qué importaba?, no tenía obligaciones perentorias, y disfrutar de la mañana soleada, entre tantas dificultades y preocupaciones, constituía un regalo después del día anterior enfrentada a la realidad siniestra de un régimen, el del País Valencià, que no respeta la dignidad de los ciudadanos y que viene, desde hace lustros, derrochando el dinero de todos en caprichos megalómanos y corrupciones sin cuento.  Corría una suave brisa de levante y el mar, de tan azul, se había metido en mis pupilas haciéndolas cambiar de color, acababa de comprobarlo al verme reflejada en un escaparate donde se mostraban, amontonados, zapatos y sandalias que se ofrecían a los veraneantes a buen precio.

Me había cruzado anteriormente con ella, y me había sonreído. Era una mujer mayor, delgada, rubia, pizpireta y amable. Al casi atropellarla mi perro, urgido por la imperiosa e irrenunciable necesidad canina de ir a olisquear una farola, le llamó guapo, y comentó qué gracioso estaba con el pañuelo verde anudado al cuello, el que no quiere que le quite ni para bañarse en el mar.

Empezamos a cruzar los habituales tópicos en estos casos, esos que repetimos los amantes de los animales como una salmodia llena de sentimientos de ternura, los que desconocen quienes nunca tuvieron a un animal a su lado, quienes nunca podrán entender ese vínculo establecido hace millones de años entre perros y humanos.

Ella contó que cuando era niña, durante la guerra -la guerra civil, esa a la que los españoles no necesitamos poner apelativos ni precisiones porque es la única guerra que aún desgarra el alma de muchos españoles, los que no hemos podido pasar la página del olvido, porque las heridas no cicatrizan por el pus de la injusticia- tenían un perro: ‘Parecido a este’ dijo acariciando el suave pelaje negro y brillante de mi can: ‘Cuando avisaban las sirenas que venían los bombarderos ladraba y nos empujaba al refugio, él también entraba, pero siempre cuando veía que todas estábamos dentro’ rememoró. ‘Un día en el que mi madre había salido, sonaron las sirenas y el perro fue a buscarla, corriendo y ladrando, para que viniera al refugio’ concluyó, impregnadas sus palabras de la ternura y admiración hacía aquel perro que no habían borrado los años de su memoria, de su ya lejanísima infancia.  

¿Lo recuerda?, debía ser tan pequeña... Juzgué insólito que una persona de aspecto tan jovial pudiera recordar nítida una historia que muchos consideran tan lejana.

‘Tenía ocho años –explica- me acuerdo como si hubiese sido ayer’. Surge entonces esa también tópica pregunta: ¿Y qué ha hecho usted para mantenerse tan joven? Deme la receta. Entonces hay algo que cambió en su mirada, aún sonriente, pero con un velo de tristeza que pronto tornará en rabia y frustración: ‘Pasar mucha hambre y muchas necesidades, y trabajar mucho’. Y poco a poco se fue soltando, perdiendo ese miedo atávico que cuarenta años dictadura y represión puso en tantas personas: ‘Mi madre perdió en cinco meses a sus tres hijos mayores y a mi padre, nos quedamos solas, sin trabajo, pasamos muchas calamidades, y mucha hambre’.

Animada por mi claridad, esa que nunca ha dudado en llamar genocida y dictador al genocida dictador Franco, la mujer fue adquiriendo seguridad en su relato, y explicó, con dolor y rabia, como después de la guerra vendía periódicos para un falangista cabrón –la definición corrió a cargo de esta plumilla- que las amenazaba continuamente con la cárcel si no vendían la cantidad de ejemplares que él quería. El recuerdo de los abusos, de la represión, de la miseria, la llevó a narrar, indignada, lo mal que le sentó que un periodista dijera que la Memoria Histórica ‘es algo que solo le interesa a cuatro viejos que ni siquiera recuerdan con claridad lo que pasó’.

¿Y se acuerda usted de cómo se llamaba?, pregunté. Su respuesta fue contundente, firme, irritada: ‘Claro que me acuerdo muy bien, Alfonso Rojo’. Le hablé del personaje, al que conozco desde los años de facultad, de su periplo ideológico desde las entrevistas entusiasmadas al Frente Sandinista a su posicionamiento ultraderechista en la actualidad, director como es de uno de los medios más infamemente sectarios de la caverna mediática: Periodista Digital.

Perdido el miedo a expresarse que marcó durante cuarenta años la vida de los vencidos, contó cómo encarcelaron a su padre por haber combatido en el bando republicano, ‘se lo llevaron, él nunca se había metido en política’, intenta justificarse, con ese temor que aún sobrevuela el alma de quienes sufrieron la brutal represión fascista. ‘Nunca supimos qué le pasó, por qué le cortaron las piernas, si estaba enfermo o qué le hicieron, no sabemos ni dónde está enterrado, no me gustaría morirme sin saberlo, por él, por mi madre, por mí misma’, acabó diciendo.

La hablé de la posibilidad de entrar en contacto con la asociación de la Memoria Histórica, por si ellos pudieran ayudarla. Se le iluminó con un relámpago de esperanza la mirada ‘¿ellos podrán ayudarme a saber qué pasó con mi padre?’ preguntó. Nada pude asegurarla, pero ella se agarró en ese mismo instante a una posibilidad que antes no había contemplado.

Habló también de Cuelgamuros, al explicarle que mi padre estuvo allí prisionero, condenado a trabajos forzados por un régimen sádico del que sus sucesores, los miembros de partido que apoya al actual gobierno, el PP, definen como ‘época de extraordinaria placidez’, y otros niegan que lo que los vencedores llaman ‘Valle de los Caídos’ y sus víctimas el valle de Cuelgamuros, fuese un campo de concentración donde murieron miles de hombres.

‘Una compañera mía, del taller donde yo trabajaba de pantalonera, tenía un hermano electricista que dejó de ir cuando le llamaban para hacer instalaciones, porque decía, me contaba su hermana, que aquello era espantoso, que los hombres morían como chinches, que les hacían trabajar y trabajar sin darles de comer, morían agotados de hambre y sed’. Narra con indignación, mientras a mí me sube una vaharada de ira y congoja al pensar en las penalidades que sufriría allí mi padre.

No era, como dijo despectivamente en su día Alfonso Rojo, una ‘anciana que no recuerde con claridad lo que sucedió', es una mujer con un recuerdo nítido, y unas preguntas que durante setenta años están necesitando respuestas y resarcimientos.  Como otros muchos miles de personas de su edad necesita saber la verdad de una historia borrada y ocultada por los vencedores, esos que están aún presentes en el poder a través del PP, el partido que conspiró con jueces de ultraderecha para que el único juez, Garzón, dispuesto a devolverles la memoria y la dignidad, fuese expulsado.

Me impresionó la conversación con esa mujer espléndida llena de energía, de lucidez, con una memoria clara, serena, que no se resigna a que se borre en la ocultación de los vencedores. No es la suya ‘Memoria Histórica’, es memoria viva. 

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