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Los catalanes no quieren ser españoles. ¿Por qué obligarlos?


Cuando en 1934 Enrique Santos Discépolo escribió aquello de siglo XX, cambalache, problemático y febril, seguramente no pudo imaginar siquiera hasta que punto el siglo siguiente, el XXI, iba a serlo exponencialmente. Viene esta afirmación a cuento de la inmensa manifestación que se celebró ayer en Barcelona, durante la Diada –día nacional de Catalunya- reclamando la independencia.

Y viene a cuento porque en este siglo XXI, cambalache, problemático y febril, las cosas no se parecen en nada a los que eran hace unos años y las ideologías tampoco. Nos enseñaron que el nacionalismo era de derechas. Qué duda cabe que el PNV y CiU lo han sido y siguen siéndolo. No hay más que, si se tiene la paciencia suficiente, leer a don Sabino Arana, o sin hacer ejercicios de masoquismo, ver cómo ha gobernado y gobierna CiU en Catalunya.

Mas en este siglo XXI cambalache, problemático y febril, las cosas han cambiado. El millón y medio de catalanes que salieron ayer a la calle con esteladas, reclamando la independencia de Catalunya no pertenece solo a la derecha. Es más, podría atreverme a jurar que la mayoría de los actuales independentistas son de izquierdas. Ahí está ERC o ICV-EUiA para contradecir esa afirmación un tanto anticuada de que los nacionalistas son de derechas.

Sería, además, útil para que nos entendiésemos que empezásemos a cambiar los nombres de algunas posiciones políticas, los catalanes no son nacionalistas, son independentistas. Quieren ser una nación y no una ‘autonomía’. Seguramente lo han querido siempre pero hasta ahora no se atrevieron a proclamarlo tan claramente como lo hicieron ayer. No quieren pertenecer a este conglomerado de países, regiones o autonomías que lleva el nombre de España.

La reacción de la derecha –dejando aparte la chaladura de un militar de ultra y golpista que viene proclamando como un orate que si Catalunya se independiza llevará los tanques- ha sido sorprendentemente moderada. Ha debido coger con el pie cambiado a un PP que, apenas dos días antes de la celebración de la Diada, definía, a través del presidente del gobierno, Mariano Raxoi, como ‘algarabía’ la celebración de una manifestación que preveía de participación escasa. La vicepresidenta, Soraya Saénz, tan aficionada a reproches acompañados de mohines con los que suele responder a la oposición, limitó sus declaraciones a decir que ‘hay que verlo con frialdad’. Aunque ese alarde de frialdad no presupone que la manifestación independentista catalana no haya descolocado a un gobierno al que, dicho de forma coloquial, le crecen los enanos.

Tampoco es que los deseos independentistas hayan caído demasiado bien al PSOE, que tiene en sus manos la patata caliente de un PSC que cada día se inclina más hacia posturas independentistas y a desligarse de un PSOE que solo es uno de los partidos que lo conformaron, cuando en 1978 se unieron el PSC-Congrés, el PSC-Reagrupament y la Federació socialista de Catalunya, del PSOE. El PSC siempre defendió el federalismo. Aspiración que no fue oída por los padres de la Constitución, y que quizá ahora lamenten no haber hecho.

El nacionalismo español, hijo de la dictadura, el de la España ¡Una Grande y Libre! –de libertad- se ha empeñado en mantener a ultranza una falsa unidad que, dicen, existe desde hace quinientos años; pero es tan solo una impostura de la historia, hecha de forma acomodaticia, porque la realidad es que la unidad administrativa la impuso Felipe V, tras la Guerra de Sucesión Española, en la que se disputaron la corona los Austrias y los Borbones, triunfando estos últimos e imponiendo la unidad a base de represión, que es como siempre se ha conseguido mantener esa falacia llamada España.

Este es un país de países, y solo como una federación podría mantener esa unidad por la que claman algunos, no se sabe bien por qué ni para qué. Si los catalanes o los vascos no quieren formar parte de un país creado artificialmente y con represión, no es lógico que en el siglo XXI se siga imponiendo una unidad que no conduce a nada, y que no se sabe bien a quién beneficia. Empeñarse en ello puede llevar a tener que dar la razón a los catalanes que se quejan de estar sufragando con su dinero a otras regiones españolas. Porque de otra manera no se entiende en qué puede beneficiar a España esa impuesta unidad a quien no quiere pertenecer a ella.

Esta escribidora, que cree poco o nada en fronteras y banderas, es más partidaria de una Europa unidad de verdad, una Europa de los Pueblos, que no de los banqueros. Mas del mismo modo que nadie pide a los franceses o a los alemanes que para que exista la unidad europea dejen de ser franceses o alemanes, tampoco acaba de entenderse muy bien por qué causa hay que exigirles a los catalanes que sean españoles si no quieren serlo.

Los catalanes tienen una lengua propia, una cultura propia, una manera de ser y de vivir muy diferente a las de otras regiones de este país de países, a los que se obliga la pertenencia a una unidad forjada artificialmente e impuesta brutalmente a lo largo de la historia. Estamos en el siglo XXI, ese tipo de imposiciones están fuera de lugar , e intentarlo puede acabar dramáticamente.

Si este país quiere ser un país de países tendrá que renovarse. Y convertirse en una federación de ellos, cada uno con sus peculiaridades y sus instituciones propias, por su voluntad. Una federación en la que no existan unas regiones que puedan imponer nada a las demás Y, o vamos por ese camino o llegará un momento en el que Catalunya, Euskadi y Galicia mandarán a la mierda a esa Ejpaña impuesta por la tremenda y que huele a rancio, a corridas de toros, a procesiones, a prohibición del aborto y a Guardia Civil caminera. A la Ejpaña del siglo XIX que muy pocos queremos.  

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