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La triste realidad de ‘la marca España’


Los popes de la caverna mediática no cesan de mostrar en sus artículos una dolorida preocupación por el deterioro de lo que el PP ha dado en llamar ‘marca España’, que no es sino un invento postmoderno para presentar la imagen rancia de un país sumido en el pasado, pero que algunos se empeñan en vender, con la esperanza de que nos crean civilizados y modernos.

Llevando el agua a su molino político, se duelen esos popes cavernarios de la mala imagen que dan los indignados al manifestarse contra los recortes que está aplicando el gobierno, o que al quejarse de que los actuales políticos, votados para representarles, solo representan los intereses financieros; incluso  se lamentan de que haya periodistas tan viles que filmen los abusos policiales que dan la vuelta al mundo, mostrando a una policía digna de servir al régimen anterior o al de Pinochet.

Ninguno de esos defensores de ‘la marca España’ a los que tanto preocupa reparan en que quienes causan ese deterioro no son los ciudadanos cuando claman por sus derechos contra un gobierno que, terne que terne, sigue aplicando recortes e imponiendo sacrificios a la clase trabajadora –que ya no es clase media, sino proletariado abusado sin más-, sino quienes son la causa de sus protestas.

Recuerda su obsesión por que no se deteriore la imagen de este país a esas suegras estúpidas que recomiendan a sus nueras sojuzgadas que aguanten los malos tratos de sus maridos en pro del prestigio de la familia, que se vería destruido de saberse que son chulos maltratadores, sin que se les ocurra poner verdes a sus hijos por ser unos cabrones agresivos.

No molesta, ni preocupa, que haya gente buscando comida en los cubos de basura, lo que molesta es que un reportero gráfico, Samuel Aranda, lo muestre en sus fotografías publicadas en el New York Times. O que la BBC y cadenas alemanas y holandesas realicen reportajes en el País Valencià sobre las políticas manirrotas de los dirigentes del PP, como paradigma de qué ha llevado a este país a la actual situación de penuria.

Tampoco les importa que este triste país se caracterice por ser el más cruel y sádico de toda la UE en su trato con los animales. Es una pena que la prensa internacional no ponga el objetivo de sus cámaras en las mal llamadas fiestas de algunos pueblos en los que la diversión se cifra en regodearse en el sufrimiento animal. Se enterarían en ese casolos defensores de la ‘marca España’ de lo que dirían de este triste país de divulgarse esas imágenes.  

Se quejarían, de emitirse esos reportajes, de que también deterioran la ‘marca España’ por mucho que sean defensores de esos brutales espectáculos llamados ‘corridas’ que, en su zafia ignorancia, califican como cultura a la vez que jalean al gobierno cuando quiere declararlos ‘bien cultural inmaterial’.

Mas gobernantes y defensores ágrafos de la ‘marca España’ ponen buen cuidado en que no se divulgue la larga colección de atrocidades que tienen lugar en los pueblos de un país que, por mucho que quieran disfrazar de moderno y civilizado, sigue sumido en la obscena barbarie del medievo, con la anuencia de unos gobernantes sin cultura, cerebro o sensibilidad.

Porque es sabido que todas esas fiestas brutales, como la del Toro de la Vega de Tordesillas y tantas que se celebran a lo largo de una geografía habitada por seres sin cerebro ni alma, cuentan siempre con el obscurantismo de sus organizadores que impiden que se fotografíen o se filmen imágenes de su brutalidad, para no quedar en evidencia. Será que en el fondo saben que hacen mal, por mucho que estén encantados de hacerlo.

El último episodio de esa política de ocultar sus barbaries, con la misma lógica que el delincuente amenaza a quien le sorprendió cometiendo el delito, tuvo lugar hace muy pocos días en la localidad valenciana de Algemesí, donde en una ceremonia de salvajismo sin paliativos los algemesinenses, beodos de vino y sadismo, se dedicaron a torturar sádicamente a puñaladas, palos y cuanta atrocidad se les ocurrió, a desdichados cachorritos de toro, que ellos llaman ‘novillos’, tiernas e indefensas criaturas, que unos enfermos mentales torturan salvajemente causándoles una atroz agonía y la muerte.

Como los habitantes de Tordesillas, o de El Puig, localidad también valenciana, en la que la fiesta consiste en maltratar hasta la muerte a un indefenso roedor, que introducen en una vasija, para luego lanzárselo unos a otros hasta que muere a consecuencia de los golpes, los algemesinenses, con su corporación municipal a la cabeza, impiden, año tras año, que las cámaras filmen las atrocidades que perpetran en la llamada ‘Semana Taurina’ los sádicos descerebrados que participan de la fiesta.

Hay un algo común entre la brutalidad de las fiestas de los pueblos, los policías que apalean ciudadanos, y los voceros que condenan que se informe porque se deteriora la llamada ‘marca España’. Se rigen por el mismo principio de ocultación de sus fechorías que usan los mafiosos para mantenerse a salvo una vez cometido el delito, el de perseguir a los testigos de su crímenes. Al fin y al cabo, no hay mucha diferencia en los comportamientos brutales de unos y otros.

Adenda: ¿Se puede tomar en serio a este gobierno?

Tan preocupado como anda el Gobierno y sus voceros por el respeto que este país pueda concitar en el exterior, y no repara en que toma decisiones que deben producir estupefacción, cuando no burla, con acuerdos propios de gobernantes del medievo, y señalar esa época es un gesto de generosidad porque bien podría asimilarse algunas de sus decisiones a las de las viejas monarquías teocráticas de la antigüedad.

Porque el Consejo de Ministros celebrado ayer, además de recortar con saña los derechos de los de siempre, aprobó, en un acuerdo que puede calificarse de esperpéntico, conceder la Gran Cruz del Mérito de la Guardia Civil a la Virgen del Pilar. ¿No podría esta gente tener un poco de sentido del ridículo y dejar sus creencias en su almario, evitando así ser el hazmerreír de las democracias modernas?  

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