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Clifford, el PSOE y sus bases


Hace unas semanas, al tratar el asunto del Ecce Homo de Boja, esta escribidora recordaba la espléndida idea del escritor y periodista, ya fallecido, Luis Carandell, que en los años sesenta recopiló en un libro, Celtiberia Show, lo más cutre, carpetovetónico y rancio de este país. Podría pensarse que al cabo de cuarenta años, treinta y cuatro de pseudodemocracia, perteneciendo a la UE y siendo habitantes de esta aldea global que es Internet, habríamos perdido el pelo de la dehesa, la caspa y la cutrez de aquellos años, en los que en los bares se colgaban carteles en los que se podía leer, espantados los más delicados de estómago, "prohibido escupir en el suelo y blasfemar’; años en los que en cualquier muro de las carreteras catalanas se podía leer aquellas molestas, fascistas y conminatorias pintadas que exigían hablar ‘el idioma del Imperio por Dios y por España’.

Más, de vez en cuando, saltan a la realidad y a las noticias evidencias de que el Show de una Celtiberia cutre, casposa e incluso fascista sigue entre nosotros, imponiéndose como si el dictador genocida Franco no hubiese muerto, y como si, en lugar de vivir en un régimen democrático, siguiéramos aún bajo la bota de una dictadura.

Esa triste realidad sacude de vez en cuando la actualidad, cuando nos pone delante  casos como el del ciudadano escocés Clifford Torrents, procesado por haber destruido una chusca placa conmemorativa del franquismo, situada al lado de una fuente, próxima a su residencia en la que se leía, debajo del yugo y las flechas falangistas: “Reinando Francisco Franco y siendo alcalde D. José María López se inauguró esta el día 24-5-1953”.

Clifford, escocés asentado en la localidad de Ouviaño –pedanía de Negueira de Muñiz, Lugo-, sufría la proximidad de tan estrambótica placa en el paraíso de paz que es su casa en ese lugar. Hijo de un republicano español, combatiente en el ejército británico durante la II Guerra Mundial, no siente simpatía alguna por el fascista genocida que tuvo a los españoles sojuzgados durante cuarenta años. Como la placa le resultaba ofensiva y sangrante, después de mucho reclamar al consistorio que la retirase, cumpliendo así con la Ley de Memoria Histórica, y de que se le respondiera que no podía hacerse por falta de presupuesto, se ofreció a hacerlo él mismo y con unos certeros martillazos borró la chusca placa conmemorativa de la existencia del ‘rey Franco’

El proceso judicial abierto contra Torrents por destruir el ‘patrimonio artístico’ se abrió a instancias del alcalde de la localidad, José Manuel Braña…del PSOE. Y aunque Clifford afirma que ‘es ridículo, pero teniendo en cuenta lo que le han hecho a Garzón, lo que ha pasado con Camps o con el Ecce Homo, en este país ya no me sorprende nada’, no deja de pasmar que sea un cargo electo del PSOE quien denuncie a un ciudadano que reclama el cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica.  

Podría este asunto saldarse con un ‘manda carallo’ que diría un galego, expresión que no hace falta traducir ni explicar. Pero la pertenencia al PSOE de un individuo que reclama con el mismo fervor que un falangista la restitución de una placa, sin el menor valor artístico, y que hace alusión al dictador fascista, no deja de ser significativa.

Hay que hacer algo de historia para entender por qué razón el PSOE cuenta en sus filas con tipos como José Manuel Braña, que quiere mantener una placa franquista en la localidad que rige, o elementos como José Antonio González, alcalde de Tordesillas y uno de los defensores de la bárbara atrocidad que protagonizan autoridades locales y vecinos en una ceremonia de sadismo intolerable.

Recién salido de la clandestinidad, las normas para afiliarse al PSOE exigían el aval de dos militantes con, al menos, dos años de antigüedad. De esa manera se garantizaba que el nuevo militante fuera socialista ‘de verdad’, en aquellos tiempos aún quedaban resabios de la clandestinidad. Pero una vez celebradas las elecciones de 1977, el PSOE, buscando aumentar la militancia, acordó eliminar esa norma y abrir las puertas de la organización a cuanto ciudadano tuviera voluntad de afiliarse.

Con la llegada del PSOE al gobierno la avalancha de nuevos afiliados fue enorme, porque no hay nada que llame más a la militancia que la perspectiva de poder medrar en una organización con poder. De ese modo se afiliaron a ese partido miles de personas que nunca habían sido de izquierdas y no tenía ni idea de qué era el socialismo.

La norma se ha perpetuado en el tiempo, y el PSOE no exige a nadie ningún requisito para afiliarse. Prueba de ello es que entre sus filas se cuentan alcaldes como el de Ouviaño o el de Tordesillas, o como los muchos ediles supuestamente socialistas envueltos en casos de corrupción, que han llevado la vergüenza a un partido del que, si su fundador, Pablo Iglesias, ferrolano, levantara la cabeza, volvería a fallecer de vergüenza e indignación.

Como lo haría, sin duda, viendo en qué tesituras anda en la actualidad el partido que fundó en 1879. Porque el PSOE pasa en el presente por su peor momento en la historia de esta pseudodemocracia. No es solo el batacazo electoral. Los sufrió en otras ocasiones y nunca se encontró, como en la actualidad, en el marasmo de inoperancia que sufre en los tiempos actuales, con un absoluto divorcio entre las bases y sus dirigentes.

Tanto que, según una información del diario digital Público, el 78% de la militancia critica la oposición que viene haciendo el grupo socialista en el congreso. El divorcio entre las posturas, no se sabe si templadas o contemporizadoras, de la dirección con el PP, y el deseo de que los dirigentes adopten posiciones más a la izquierda por parte de la militancia, empuja a esta a criticar el funcionamiento de los órganos de dirección, de los que se sienten alejados y respecto a los cuales consideran, además, que dan poca opción a los afiliados a la hora de decidir la política del partido o de quienes han de formar parte de las candidaturas en las diversas elecciones.

La militancia socialista quiere más dureza en el discurso de su secretario general, Alfredo Pérez Rubalcaba, posiciones más claramente de izquierdas en sus dirigentes, y más presencia en las protestas ciudadanas. Incluso algunos creen que debería ser el PSOE el que liderase y convocase protestas contra la política del gobierno de Raxoi, en lugar de mantenerse en un segundo plano a la hora de participar en las manifestaciones convocadas contra los recortes.

Si las bases no logran imponerse y marcar un cambio de rumbo hacia la izquierda, si no solucionan el problema del liderazgo del que se haya huérfano el PSOE en la actualidad y, con un nuevo líder de más empuje que  Rubalcaba, no toman un camino más radical para acordar con otros partidos de izquierda una amplia coalición capaz de arrinconar al PP en su espectro de la ultraderecha, es de temer que, entre el desánimo y la estupidez de un electorado con poca cultura política, vuelva a colocar el poder en manos de un partido y un gobierno, como el actual, que está llevando el país a la debacle.

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