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La real pataleta, o el día que el rey perdió definitivamente los papeles



Las personas ancianas con demencia senil suelen sufrir accesos de ira que les lleva golpear a aquellos que los cuidan, a sus familiares más cercanos. Son episodios que hijos, nietos o cuidadores sufren, generalmente, con templanza y con la misma resignación que se soportan los berrinches de los bebés. Nadie puede pedirle responsabilidades a un anciano que, perdidas sus facultades mentales a causa de la enfermedad o el desgaste neuronal, actúa con la misma incontinencia gestual que un niño caprichoso. Mas si el anciano que padece esos incontrolables ataques de ira es el Jefe del Estado, parece claro que no debe, ni puede, seguir ostentando tal cargo, por mucho que le avalen absurdos derechos genéticos, o el nombramiento de un dictador que lo dejó todo ‘atado y bien atado’.

La imagen, captada en directo, del Borbón propinándole un puñetazo a su chófer, porque no aparcaba donde quería, no puede quedarse en, como lo han presentado la mayoría de medios, una mera anécdota, o un hecho hasta divertido.

La actitud del monarca puede haber sido, o bien la consecuencia de una prepotencia intolerable en un país democrático, o de una enfermedad degenerativa que le ha hecho perder el autocontrol que todos debemos ejercer sobre nuestras emociones para mejor convivir en sociedad. En cualquier caso, la imagen del Borbón dándole puñadas a su chófer no puede quedarse en el terreno de la anécdota, ni ser olvidada sin más como una gracieta del monarca.

Han comentado quienes presenciaron el incidente, que el rey quería aparcar el coche lejos de quienes protagonizaban una pitada en protesta por los recortes impuestos por el Gobierno del PP y avalados con su presencia en el Consejo de Ministros en el que se aprobaron.  Parece que aquel rey que decía querer serlo de todos los españoles ha venido distanciándose del ‘populacho’ con el paso de los años.

En cualquier caso, cuando este país, o mejor dicho, su ciudadanía, esta sufriendo las consecuencias de una crisis que viene empobreciendo a los de siempre, para mayor gloria de la oligarquía financiera y empresarial, no puede permitirse que un rey, colocado en un arcaico trono por un dictador genocida, ratificado en el cargo durante una pseudotransición conducida por una serie de pusilánimes políticos, siga en el cargo si padece, como es de sospechar por sus reacciones, una enfermedad neurodegenerativa.

Mas si no sufre dolencia alguna, y su extemporáneo  gesto de prepotencia al golpear a su chófer por no llevar el automóvil a donde quería es consecuencia de un ataque de real contrariedad, al conducir el vehículo su chófer  siguiendo las indicaciones de los organizadores del acto y no su capricho, igualmente resulta inadmisible y de todo punto reprochable.

No es de imaginar que Isabel II, reina del Reino Unido de la Gran Bretaña, de una edad mucho más provecta que el monarca, pues la sajona dama cumplió ya los ochenta y seis años, doce más que Juan Carlos I, se dejase llevar por semejante pataleta en público. Tampoco es imaginable que lo puedan protagonizar el resto de testas coronadas de Europa, porque es gesto más propio de un Ernesto de Hannover, el ex dipsómano de Carolina de Mónaco, o de reyezuelos de opereta o países tercermundistas.

Llegados a esta situación, y asumiendo que, pese a ser deseable y democrático, la celebración de un referéndum en el que los ciudadanos pudiésemos pronunciarnos sobre nuestra inclinación por la monarquía o la república no parece avalado por los partidos mayoritarios y un elevado número de ciudadanos que, más que por la dignidad democrática, se dejan llevar por las imágenes del papel couché, tendría que plantearse la opción de la abdicación, para que el monarca se quedase tranquilamente en su casa, como cualquier otro anciano enfermo, aunque esté gozando de unos privilegios que, desde luego, no disfrutan la mayoría.

El Gobierno y la propia Casa Real tendrían que plantearse que el gesto del monarca golpeando a su chófer en público es la gota que ha colmado el vaso, o la luz roja que avisa de que ha llegado el momento de que se enciendan todas las alarmas.

No puede estar al frente de la Jefatura del Estado un anciano caprichoso, irresponsable e iracundo, que un día se va a asesinar elefantes invitado por un obscuro príncipe de un país en absoluto democrático, otro pierde el equilibrio en público, al siguiente se reúne sin dar mas explicaciones con los grandes empresarios, del que un día se conoce el detalle de que tiene una amante, otro que impone nombramientos de ministros al presidente del Gobierno elegido, equivocadamente o no, por la soberanía popular, y como colofón lanza puñadas a su chófer porque no cumple con sus reales indicaciones.

Deberían ser los propios monárquicos los que urgieran a una abdicación antes de que este Borbón pase a engrosar, aún más, las desprestigiadas listas de sus antepasados que, como Felipe VI, fallecieron víctimas de la demencia sentados en el trono. No estamos en el siglo XVII, y los reyes no lo son por la ‘gracia’ de dioses caprichosos, sino que se deben a las leyes y las constituciones que amparan su reinado.

Que la opción republicana es la más democrática y la más racional en un país moderno es algo que no tendrían que negar ni los defensores a ultranza de la monarquía en el caso de analizar ese sistema con racionalidad. Mas si aún el país considera que es pronto para plantear esa opción, o que las épocas de crisis no son las adecuadas para hacer mudanzas, aguantemos unos años con una monarquía que por serlo resulta obsoleta. Pero al menos no con un rey tocado por una posible demencia. O tal vez, solo y simplemente, un maleducado impertinente. 

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