Ir al contenido principal

La amenaza de los lagartos disfrazados de demócratas


Como aquellos lagartos de apariencia humana de una serie televisiva, unos seres sin alma, pero sobre todo sin decencia, se han ido apoderando de la vida política de este país, donde la desorientación de las masas solo es comparable a su estupor, cuando no su ira. El electorado español, en un acto de incoherencia fruto de una incultura política trabajada con la constancia de un escultor que, jornada tras jornada, amasa el barro para darle la forma deseada, dio la mayoría absoluta al partido hijo de la ideología que a lo largo de la historia de este país ha estado siempre en contra de los intereses del pueblo y a favor de los privilegiados.

Leyendo la prensa, aunque solo se trate de dar un masoquista vistazo a los titulares, se constata hasta qué punto un Gobierno –del PP, of course-, de deriva fascista está abusando de una ciudadanía desinformada o masoquista que puso el poder en quienes más daño podían hacer a los intereses de los más. Ya no se trata solo de los recortes que desmantelan cada día más los restos de un Estado del Bienestar que agoniza a manos de una internacional del ultracapitalismo, ante la que nadie, o casi nadie, es capaz de oponerse con contundencia en toda Europa. Se trata de un ascenso del fascismo descarado que se adueña sin control de la sociedad, en todas sus formas y todos los ámbitos.

En siete meses en el poder, el Gobierno –del PP, of course- se ha quitado la careta de lo que negaba ser y, desvestidos de su ropaje demócrata, como los lagartos de aquella serie televisiva se libraban de sus disfraces de apariencia humana para mostrar su repulsiva y real personalidad, dan muestra descarada de su verdadera ideología sin que, aún, muchos de los que los votaron se den cuenta de hasta qué punto lo hicieron en contra de sus propios intereses.

Hace unos días el diario El País publicaba una entrevista con una de esas víctimas del PP, que aún constatando la brutal indiferencia del Gobierno –del PP, of course- ante los dramas de la desprotección social, sigue convencida de que la única salida de la crisis es darle el poder a los mismos que están acabando con sus esperanzas y aun con su dignidad.

Es un ejemplo paradigmático de ese síndrome de Estocolmo que sufren algunos ciudadanos, víctimas de una cerrazón ideológica solo comparable a su masoquismo. Se trata de una mujer de treinta y tantos años que no tiene posibilidad de trabajar a causa del lastre de una madre enferma y paralítica, por la que no recibe ni lo concedido por la Ley de Dependencia, ni el gasto que, se supone reembolsable por Sanidad de una serie de dotaciones necesarias para sobrellevar una parálisis, ni percibe tampoco el pago del paro que le corresponde. Pero a pesar de ello, votante del PP, cree que las opciones de ese partido son las que nos harán salir de la crisis.

Esa mujer, como tantos otros españolitos que creyeron en las mentiras de un partido obsesionado por recuperar un poder que siempre ha considerado suyo en razón a su pertenencia a una ‘casta’ que hunde sus orígenes en lo más negro de la historia de este país, ignora que el capitalismo y la ultraderecha son los enemigos naturales del pueblo. Que aquellos que propugnan el desarme del Estado lo hacen con el interés propio de quienes no quieren controles para imponer su desmedida ansia de explotación de los más débiles.

Por esa causa el Gobierno –del PP, of course- ha respaldado lo que en principio podría parecer un contrasentido tratándose de un partido político, el desprestigio de la clase política, fomentando la falacia de que la causa de las privaciones de derechos a los que se ve sometida la ciudadanía está en el gasto que supone el funcionamiento de la democracia, haciendo parecer a los representantes de la soberanía popular como unos ladrones de derechos.

Cuando es exactamente al contrario, siempre y cuando esos representantes no sean precisamente ellos, lagartos disfrazados de humanos, dedicados a desmontar el sistema democrático para hacerse con un poder absoluto que desmantele cualquier representación de la ciudadanía y un Estado cuya labor es corregir los desequilibrios e injusticias que puedan cometer los especuladores privados.

No hay que engañarse ni caer en las trampas que pretende tender el ultraliberalismo. Cuando este Gobierno –del PP, of course- persigue con saña a los funcionarios lo que busca es la desaparición de lo público, del Estado. Para así mejor llevar a cabo la política que han desarrollado en este país a lo largo de la historia los caciques y los oligarcas, que actúan con total desprecio hacia unas leyes destinadas a proteger al pueblo de los abusos.

Los ataques que sufre una ciudadanía a veces sufridora, y otras indignada, siempre desorientada a causa de la escasa cultura política que durante siglos se han ocupado en mantener los detentadores del poder, la dejan inerme ante los abusos de una derecha oligárquica y fascista y es tan fácil de manejar como para caer en las trampas de convocatorias como la que anima a ocupar el Congreso y forzar la dimisión del gobierno y la celebración de unas elecciones que dieran paso a unas Cortes Constituyentes.

La propuesta puede resultar atractiva, y quizá muchos la firmaríamos de tener constancia de que los promotores de esa idea buscan la profundización de la democracia, una Constitución que garantizase el bien público en contra de intereses privados, de los especuladores o de la banca; una Constitución laica, republicana y federal.

Mas hay indicios de que los anónimos promotores de ese asalto al Congreso tienen intereses tan espurios como los que pueda tener Mario Conde, el peligro populista que ha alimentado la irresponsable derecha representada por el PP, y que se presenta como una especie de salvador o regenerador de la vida pública cuando, conociendo su biografía, se sabe que es un delincuente económico de ideología ultraderechista.

El problema de este país no son los políticos en abstracto, que son una necesidad irrenunciable en una democracia. Sobran los políticos corruptos, los que, disfrazados de humanos aunque sean lagartos, dicen representar los intereses de los ciudadanos cuando a lo que sirven son los intereses de la oligarquía.

Hay que repetirlo con la misma insistencia que hay que machacar en la necesidad de mantener un Estado bien articulado y fuerte, capaz de redistribuir justamente la riqueza, de mantener los irrenunciables bienes públicos de la Sanidad y la Educación, un Estado garante de la cobertura de las necesidades de los más débiles y de controlar los desmanes de los más fuertes. Un Estado capaz de domar a la bestia del capitalismo. Porque sin un Estado así estamos abocados a seguir siendo los mismos súbditos que éramos en el siglo XVII. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

26J: ¿Pucherazo o estupidez del pueblo?

Susana Díaz: El enemigo en casa

Crónica en negro del País Valencià: ¿Carlos Fabra implicado en asuntos mucho peores que la corrupción?

Quienes gustan de la historia, saben que muchos acontecimientos nunca explicados por los coetáneos de hechos ominosos, acaban apareciendo claros como el cristal con el transcurrir de años, o de los siglos. Acontecimientos políticos, guerras sin sentido que respondían a intereses económicos ocultos o, incluso, a pasiones de índole sexual, se desvelaron con el paso del tiempo aunque, para quienes fueron testigos directos hubieran constituido secretos insondables.
Una publicación catalana, El Triangle, sacaba a la luz en días en pasados un artículo sobre el crimen de las niñas de Alcàsser en el que, según recoge un amplio reportaje en su edición de papel, la confesión de un arrepentido podría implicar al todopoderoso y corrupto Carlos Fabra, expresidente de la Diputación de Castellón durante largos años, en una red de pornografía infantil que llevaba a cabo, igualmente, un amplio abanico de actividades ilícitas: importación y venta de cocaína procedente de Panamá, tráfico de armas, trapic…