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Celtiberia Show 2012: Del Ecce Homo de Borja a los lamentos de Ruiz Mateos


La historia de la esperpéntica restauración de un mediocre fresco en la iglesia del pueblo de Boja, una pequeña localidad de poco más de cinco mil habitantes situado al oeste de la provincia de Zaragoza, más que un fenómeno mundial por la atención que ha concitado, es un episodio más de la irracionalidad de este país nuestro que tan bien retrató en su día el periodista Luis Carandell en su obra Celtiberia Show.

Celtiberia Show nació como una sección de la desaparecida revista Triunfo que, en los últimos años de la dictadura, era guía y solaz para cuanto demócrata quisiera huir de la zafia mendacidad de las publicaciones bendecidas por el franquismo. La revista Triunfo era una publicación semanal que se podía leer una media aproximada de una vez y media al mes, porque, en virtud de la ley de Prensa de Fraga, aquel demócrata, era secuestrada por razones tan peregrinas como la de publicar en su portada la fotografía de los dos desnudos de Adán y Eva pintados por Durero.

La sección de Carandell –escritor, periodista y autor de las mejores crónicas parlamentarias que se han escrito en el periodo pseudodemocrático de los últimos treinta y cuatro años-, apareció por primera vez a mediados de 1968, y según descripción del propio autor: ‘se muestran a lo crudo y con el mínimo soporte literario posible, las hazañas, andanzas, milagros, ejemplos, decires, gracias, desgracias, ocios y negocios de los celtíberos de nuestros días’.

Dos años más tarde, en 1970, y tras el éxito de la sección de Triunfo, su autor publicó un libro que recogía todo lo publicado en la revista, más muchas otras cosas que se habían quedado en lo que los periodistas llamamos ‘nevera’, aquello que siempre se tiene preparado por un por si acaso, pero nunca acaba de ver la luz.

En él Carandell mostraba fotografías de recortes de prensa, carteles u octavillas en las que se recogían las muestras de una España aún tercemundista, beata, conservadora, machista y cutre. La que no había perdido el pelo de la dehesa, y que, tristemente, parece seguir sin perderlo cuarenta años después.

Porque la historia de la fallida y esperpéntica restauración del Ecce Homo de Borja no es sino un episodio más de ese show permanente que es esta Celtiberia casposa, retrógrada, inculta y disparatada. La atención que ha suscitado en todo el mundo, y que tan divertida le parece a una gran mayoría, no es sino el triste resultado de que nos vean como un pueblo atrabiliario, un tanto montaraz y absolutamente inculto e incultivado.

El hecho de que una ancianita osada haya destrozado una pequeña obra de arte, pequeña por su tamaño e importancia, debe haber descolocado a muchas personas del mundo civilizado que no pueden entender cómo en un país presuntamente moderno se tiene tan poco cuidado y respeto por el patrimonio artístico. Porque no hay que engañarse, ha habido la suerte de que la iglesia de Borja no atesorase entre sus muros un pantocrátor románico, un cuadro de Van Eyck, Tiziano o el Greco, como sucede en tantas iglesias de nuestro país, porque el resultado de la voluntariosa pero torpe ancianita hubiese sido igual de nefasto y aún más catastrófico.

Hay un viejo aserto que proclama que nada hay más peligroso que la ignorancia en acción, y el caso de la pifia de la fallida restauración lo confirma. ¿Cómo es posible que una buena mujer octogenaria, se presupone que sin formación artística alguna, metiese la pata o el pincel, con la osadía de los ignorantes, en una obra ajena que no debió exponerse a sus osados pinceles?

Lo que algunos consideran anécdota, y otros ríen como esperpento, no es sino la dramática muestra de la falta de respeto y responsabilidad por la conservación del patrimonio artístico de este país de países, que atesora, sin cuidado ni responsabilidad, cientos de miles, o aun millones, de obras de arte en poder de la secta católica, y por las que no se vela por su conservación.

Hay que insistir en que ha sido toda una suerte que el Ecce Homo fuese la obra de un pintor aficionado del siglo XIX, y no una obra maestra del XII. Porque el resultado hubiese sido el mismo. La falta de atención y respeto por las obras de arte existentes en este triste país, donde el fanatismo y la incultura las reducen a objetos de culto religioso, antes que piezas de valor artístico.

Esta escribidora, a la que apasiona el arte, se jugaría todas las teclas de su portátil a que la obra de don Elías García Martínez, que así se llamaba el autor del Ecce Homo, profesor de la Escuela de Arte de Zaragoza, ha perecido definitivamente a la osadía y torpeza de los pinceles de la octogenaria Cecilia Giménez, autora del estropicio. Porque tratándose de un fresco, técnica de por sí frágil y de difícil conservación, la restauración va a resultar imposible.

El estropicio llevado a cabo con el Ecce Homo de Borja, hubiera, sin duda, figurado en las páginas del Celtiberia Show de Carandell, de haber sobrevivido la revista Triunfo a las intemperancias de la economía, y el propio autor al paso de los años.

Porque, a pesar de muchos, esa Celtiberia de ‘hazañas, andanzas, milagros, ejemplos, decires, gracias, desgracias, ocios y negocios’ que constituían el show de los años sesenta pervive casi intacta en este país de países, renuente y perezoso a librarse del pelo de la dehesa de la incuria, la cerrilidad y la zafiedad que nos es tan propia como pueblo.

En esta época estival, antaño tranquila, cuando no existía crisis, la prensa busca serpientes de verano, no porque no haya noticias importantes, dado que el Gobierno –del PP, of course- no da tregua en su persecución a los más desfavorecidos, ni en su saña recortadora, sino porque el periodista es un animal de costumbres, y en verano ha de buscar la serpiente más colorida, que concite la expectación de los informados. Y en este agosto las serpientes han sido el Ecce Homo de Borja y el afamado estafador Ruiz Mateos.

Ese personaje, octogenario también, como la autora de la pifia pictórica del Ecce Homo de Borja, no para de atraer la atención de los medios por sus disparates, patochadas, muestras de cinismo, manías persecutorias y alardes de beatería. Todo para justificar su perseverancia en la estafa, tan consustancial con su personalidad como sus esperpénticos shows.  

Cuántas páginas del show celtibérico podría seguir llenando, de vivir, Luis Carandell. Tristemente en cuarenta años esta Celtiberia irredenta no ha conseguido librarse de la molesta caspa de la incuria, la beatería o la inutilidad de unos gobernantes, como los actuales, convencidos de su derecho divino a ostentar el poder en nombre de su clase superior y su superior capacidad para oprimir a los más débiles. No es de extrañar que concitemos tanto interés en el extranjero. Seguimos siendo Celtiberia Show. 

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