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Odiosas comparaciones en torno a la corrupción


Existen asertos populares cuya veracidad nadie cuestiona aunque dan la medida de una filosofía vital un tanto sorprendente. Así la frase ‘las comparaciones son odiosas’ que nadie cuestiona, desvela la falta de sentido crítico ante los errores propios y los aciertos ajenos.  Cada vez que alguien afirma que ‘las comparaciones son odiosas’ lo hace porque, obviamente, sale perdiendo en la comparación. Esta escribidora pensaba en ello al leer la prensa y ver de qué manera tan distinta se actúa en el resto de países europeos en comparación con el nuestro en el triste y sonrojante asunto de la corrupción.

Seguramente quien se dirigiera a cualquier político, preferentemente del PP, hablándole de la abismal diferencia de actitud entre países europeos y el nuestro, ante los casos de corrupción es muy posible que exclamase ‘¡las comparaciones son odiosas!’. Y sí, resultan odiosas sobre todo cuando se ve la distancia que puede haber entre actitudes éticas y de intolerancia con la corrupción en el resto de Europa, y la laxitud con la que se actúa en este país nuestro.

En estos tiempos en los que quien más quien menos mira con recelo, cuando no con antipatía manifiesta a Alemania y a su jefa de gobierno a la que se culpa de cuantos recortes y regresiones de derechos sufrimos en este país de países, podríamos analizar también en cuántas cosas podríamos seguir el ejemplo de los alemanes. O de los franceses, que también pueden darnos lecciones en ese aspecto. Los ejemplos para ilustrar mis afirmaciones podrían dar para escribir un posteo de la extensión de un pandectas, o sin ser tan ambiciosa, de los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós al completo.

Para no extenderme demasiado, citaré tan solo los casos del ministro alemán de Defensa, considerado como el delfín de Merkel, Karl Theodor Zu Guttenberg, que tuvo que dimitir por copiar parte de su tesis, o del Presidente de la República, Christian Wulff, obligado a dejar el cargo por haber recibido un crédito que, obviamente abonaba pero que se tramitó en condiciones ventajosas por ‘ser vos quien sois’ o por la mera sospecha de que había sido así. Y ayer mismo se supo que el responsable de los servicios secretos alemanes, Heinz Fromm, ha tenido que dimitir por ‘la vergüenza’, según palabras de la propia Merkel, de la investigación del caso de unos asesinatos cometidos por grupos nazis.

Por el contrario en este país nuestro, cuna de la picaresca y de innumerables obras literarias que dan cuenta del relajo de las costumbres de los mandatarios desde lo más remoto de nuestra historia -¿Imaginan que cualquier país del norte elevara a la categoría de héroe nacional a un tipo como Rodrigo Díaz de Vivar, del que se elogia que fuese capaz de estafar a sus enemigos en el pago de un tributo? – lo que se hace es mirar para otro lado cuando se da un caso de corrupción, o incluso premiar a los corruptos.

El famoso caso Gürtel es un paradigma de la ausencia de ética, vergüenza, honradez y cuantos sinónimos quieran buscarle, de esa situación de grosera permisividad y protección de intereses bastardos y ausentes de ética y honestidad. Baste señalar el escandaloso asunto del juez Garzón, expulsado de la carrera judicial y obligado incluso a indemnizar a los abogados de los imputados, presuntamente colaboradores de los corruptos en el blanqueo de sus capitales obtenidos estafando al pueblo, por haber querido investigar el caso más escandaloso de corrupción registrado en la historia de la democracia. .

Y hoy mismo los medios dan cuenta de otro de esos dislates, más bien inmoralidades o desfachatez, apliquen el calificativo que mejor se ajuste a su criterio, cuando informaban del cese de un policía responsable de investigar la propiedad presuntamente fraudulenta y ligada al caso Gürtel de un ático fastuoso en Marbella, que el número dos de la lideresa madrileña doña Aguirre, Ignacio González, dice tener alquilado, aunque se sospecha que podría ser un regalo de la trama Gürtel.

Ante este episodio, en el que el Director General de Policía cesa a un subalterno por investigar un caso de corrupción y en el que existen todos los ingredientes de una novela negra en la que de momento solo falta el muerto, seguramente alguien mascullará entre dientes que ‘las comparaciones son odiosas’ a la hora de enjuiciar cómo se encaran los casos de corrupción en otros países y en el nuestro.

¿Imaginan que en cualquier país europeo se mantuviera en un parlamento a un individuo como Rafael Blasco, exconseller de Solidaritat i Ciutadania del Consell Valencià –del PP, of course- después de que una jueza haya encontrado indicios de que se quedó con dinero destinado a la cooperación, a través de una trama corrupta que robó cantidades de alrededor de seis millones de dinero público?

En dondequiera que no fuese este nuestro país ese individuo –cuya historia no repito porque deben ya conocerla de memoria- habría sido expulsado del parlamento en el que ocupa un escaño, y del partido por el que fue elegido, con todos los deshonores y vituperios por parte del Presidente y de todos sus correligionarios.

Mas en este triste País Valencià –del que dice el TSJ que no se debe usar ese nombre sino Comunitat, aunque como este es mi blog, yo escribo lo que me da la realísima gana- y en el resto del Estado, los corruptos no solo no son expulsados, sino que sus partido los arropan. Y así se convierten en cómplices de todas sus indecencias.

Evidentemente las comparaciones son odiosas. Odiosas sobre todo para quienes vemos con impotencia cómo se actúa en otros lugares que se rigen con principios éticos y cómo se las gastan los políticos en este patio de Monipodio llamado Ejpaña

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