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Pobre pueblo el que carece de cultura y de alma


Aparte de las noticias políticas que cada día provocan en esta escribidora no pocos berrinches, y dentro de la política obviamente están las decisiones económicas del Gobierno -del PP, of course-, hay otras cuya lectura, la impresión que experimento al leerlas, podría describirla como si el monstruo extraterrestre Alien me saltara al rostro, como ocurría en la película del mismo título cuando Alien atacaba a Sigourney Weaver en la película de Ridley Scott.
La noticia que tan tremendo sobresalto produjo en esta escribidora la publicó anoche a última hora el digital Público, aunque luego comprobé que el asunto había llamado la atención de no pocos medios de otros países. Resulta que en un pueblo de Cáceres, Guijo de Galisteo, y sus dos pedanías, se sometió ayer a la decisión de los ciudadanos si preferían destinar quince mil euros a festejos tauricidas o a la creación de puestos de trabajo temporales. Ambas pedanías, Valrío y El Batán, manifestaron mayoritariamente, no Guijo, que prefieren los salvajes tauricidios al trabajo.
Mucho hablo en estos posteos de las barbaridades del Gobierno -del PP, of course- pero, en ocasiones, una acaba pensando que los pueblos tienen los gobiernos que merecen, a tenor de la decisión de unos paisanos horros de escuela desde hace siglos. De escuela, de sensibilidad, de ética y de solidaridad. Porque, detrás de la decisión, aparece el rostro más zafio y burdo del pueblo hispano. El problema no está, tal como plantea en este momento la tertulia televisiva de Metropolitan TV, en el daño que el resultado de ese minirreferéndum pueda producir en la imagen de este país de países, aunque es cierto que ha despertado el interés y la estupefacción de buena parte de la prensa mundial, asombrada de que en una nación en crisis como la nuestra, haya gente que opta por la jarana en lugar de por el trabajo.

El problema, a juicio de esta escribidora, es, como decía, la falta de escuela y de sensibilidad hacia los animales, por una parte, y la zafia indiferencia hacia los problemas de quienes viven el drama del paro, por otra. Me jugaría los drivers del portátil, sin miedo a que el cacharro enmudeciera, a que si a los habitantes de esos pueblos se les hubiese planteado la disyuntiva de elegir entre construir una biblioteca o crear puestos de trabajo, hubieran optado por los puestos de trabajo, con el argumento de que una biblioteca no resulta imprescindible pero trabajar, sí. Mas les dieron a elegir entre torturar a un animal indefenso -un cachorrito de toro, lo que son las vaquillas- y los puestos de trabajo, y mayoritariamente se decantaron por la tortura y la salvajada, que en este país de países siempre gratifica a la gente de la Ejpaña profunda

Todos los años, cuando llega el verano, los pueblos de toda la geografía ibérica -incluida Catalunya, nacionalidad en la que se prohibieron las corridas de toros, pero donde se protegen els bous al carrer o correbous- se tiñen de la sangre de indefensos bóvidos torturados para diversión de una masa feroz e inculta, carente de sentimientos y cargada de la maldad brutal de quienes hacen pagar sus propias frustraciones con el sufrimiento de unas pobres bestias.
La Ejpaña vieja y tahúr, zaragatera y triste, de la que hablaba Machado, sigue impregnando el concepto que de fiesta y diversión tiene lo que se conoce como la España profunda, pueblos que jalonan los territorios de las dos Castillas, de Andalucía, de Levante y de Euskadi, cuyos habitantes disfrutan con salvajadas diversas. Desde la persecución, tortura y muerte de toros y vaquillas, al descabezamiento de aves, la divertidísima moda de arrojar desde un campanario o de cualquier otra torre a una cabra o una pava, o de golpear y arrojarse unos a otros un aterrorizado roedor. Para los habitantes de muchos pueblos, la canícula, época en la que repuntan enfermedades mentales, con violencia incluso que deriva en asesinato, es el momento ideal para desfogar toda su brutalidad y su incuria contra las pobres y buenas bestias y así saciar esa agresividad patológica, evitando los dos tiros al vecino por asunto de estas lindes o aquel huerto.
El resultado de la consulta realizada en Guijo de Galisteo y sus dos pedanías, Valrío y El Batán, no es sino la constatación del carácter brutal de los naturales de muchos pueblos de este país que carecieron a lo largo de los siglos de esa mínima educación que hace a las personas serlo, en lugar de bestias sádicas. Durante el fascismo, en muchos de esos pueblos en los que con la llegada del estío se torturan bichos indefensos, no hubo escuelas, así que la chiquillería se veía obligada a acompañar al padre a las tareas del campo, a quedarse con la madre fregando los suelos de rodillas o lavando en el río las sábanas con jabón hecho de sosa y aceite usado tras refreír mil veces.

Con el desarrollo, llegaron los tractores y las lavadoras, pero la incuria permaneció intacta. Los hijos de aquellas gentes fueron al colegio -aunque los más jóvenes, y en los últimos años, lo abandonaran para ganar salarios muy substanciosos en la construcción, lo que les permitió comprarse coches de alta gama y ropa de marca, no en cambio crecer como seres humanos-, pero siguieron mamando en sus casas el desprecio por la vida de los animales, cosificados por todos, incluida la secta católica, que tanta influencia tuvo y tiene en esos pueblos. 
La democracia no varió en nada la calidad moral ni la sensibilidad de esas gentes. Los alcaldes y concejales de cientos de miles de localidades, sean de izquierdas o de derechas, son hijos de la incultura en la que crecieron. En nombre de la tradición, unos y otros siguen jaleando la brutalidad, sea porque su concepto patriotero conlleva la permanencia de la barbarie como 'bien cultural', según lo bautizó el ministro de Deseducación, Incultura y Salvajadas Varias, José Ignacio Wert, sea por la acomodaticia razón de que apoyar esos mal llamados festejos 'da votos'.
Escandalizarse porque un pueblo prefiera las fiestas al trabajo es quedarse en la cáscara del asunto. Lo triste es que en tantos pueblos de esa España feroz, sus habitantes consideren prioritarias fiestas cuya principal diversión es emborracharse y, una vez ahítos de alcohol y de mala baba, emprenderla contra el primer animal que se ponga en su camino. Incluso derrochar el dinero que a ninguno de ellos le sobra en comprarlos, con el fin de torturarlos en orgías de vino y sadismo.
Seguramente los lectores de otros países que hayan conocido por la prensa el asunto se habrán quedado perplejos. No más que esta escribidora, con la diferencia de que a mi perplejidad se suma el dolor de asumir que, desgraciadamente, Spain is different, sí, sobre todo en lo que concierne a ser persona.

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