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Con Europa compartimos déficit y moneda, pero no cultura ni sentido de la estética




Las ideas, como bien saben, son como las cerezas de una cesta, tiras de un rabito y van saliendo una detrás de otra hasta acabar el contenido. Las de las personas con un coeficiente intelectual normal no se agotan, al contrario que las cerezas, pero cuando hablas de algo se va de una a otra porque, como las cerezas también tienen rabito que hace que unas se enganchen a otras.

Anoche pude constatarlo en la charla con una amiga, conversación que comenzó hablando de la belleza de Berlín y acabó girando en torno a las bolsas de plástico que algunas gentes cuelgan en este país para que no se acerquen los pajarillos a sus balcones y terrazas. La relación no es tan disparatada como pudiera parecer, porque de lo que se hablaba era de la solidez de la arquitectura europea y la belleza de sus ciudades, en contraposición con la fealdad de las calles de las ciudades españolas, excepciones aparte.

Supongo que quien tras un viaje a Europa aterriza en Barajas y va contemplando la arquitectura que jalona las márgenes de carreteras y calles que llevan al centro de Madrid se da cuenta de la diferencia arquitectónica, pero sobre todo estética, que existe entre las calles de Berlín, Viena, Colonia, Londres o Paris, con las de este país nuestro, en el que la ausencia de belleza y sentido de la estética brilla por su ausencia.

Basta contemplar cualquier fotografía de pueblitos de la campiña inglesa, francesa o alemana para constatar la diferencia. En Europa es fácil percibir la historia, la antigüedad de sus edificios o incluso la reproducción exacta de cómo era la ciudad antes de una catástrofe bélica. Colonia es ejemplo de ello. Ciudad destruida por los bombardeos de la II Guerra Mundial, sus zonas históricas fueron reconstruidas calcando su aspecto para conservar el carácter y la arquitectura de los barrios destruidos, aunque en las zonas modernas su arquitectura sea inteligentemente vanguardista.

En España, por el contrario llevamos siglos conjurándonos para hacer desaparecer los restos de nuestra historia y arquitectura. Un ejemplo claro de ello es la capital del país, Madrid, de la que es curioso que con una historia milenaria –se hallaron restos de una basílica hispano visigoda en los alrededores de la horrible catedral de la Almudena, aunque algunos historiadores creen que pudo ser un pequeño poblado ya en tiempos de la dominación romana, si bien la primera mención documentada de la existencia de Magerit data del año mil- apenas conserve un exiguo trozo del muro de una muralla árabe.

Lo chocante es que no existan en Madrid, en donde sin duda los hubo, muestras de arquitectura románica o gótica. Parece que los demolieron todos para construir arquitecturas ‘mas modernas’. De ese ardor arrasador fui testigo dolorida en los años setenta del pasado siglo. En la calle Princesa, del barrio de Arguelles, existía la única muestra de neogótico de la capital. Se tratada de una iglesia y un hospital anejo, con zona ajardinada, altas agujas, y todos los ingredientes de la arquitectura romántica que volvió la mirada al medieval gótico, obra del arquitecto Agustín Ortiz de Villajos.

La demolición –que se llevó a cabo en 1976-, se hizo de forma ilegal, sin respetar los tiempos ni los preceptos de protección de monumentos. No faltaron protestas vecinales que dieron lugar, cómo no, a una represión policial que hizo sentir las duras porras de los grises sobre los manifestantes. Todo por defender una de las señas de identidad de nuestro barrio.  

Esa falta de respeto por la identidad de nuestras ciudades - común por lo general a alcaldes de todas las ideologías, porque es una cuestión de sensibilidad y cultura, y los regidores de las ciudades suelen mirar más a las ganancias que a la historia-, se acompaña por la falta de sentido estético de los ciudadanos, que muestran una ausencia total de aprecio por la belleza, o por ese hermano menor de ella, que es simplemente ‘lo bonito’

En nuestras ciudades la norma general suele ser la fealdad. Basta levantar la mirada hacia balcones y terrazas para verlos con trastos amontonados, ropa tendida, las bolsas de plástico que antes mencionaba, y que innumerables marujas y marujos cuelgan si el menor sentido de la estética con el fin de que no se acerquen los pajarillos.

Cuando viajas por Europa en cualquier ventana hay flores, e incluso pequeñas casitas de madera para que aniden los pajaritos. En este triste país, de clima tan propicio para el cultivo de flores, balcones y terrazas parecen trasteros al aire libre, museos de la fealdad, y artilugios a cada cual más antiestético, destinado a espantar a las aves.

Y si caminas por el campo, por el entorno de los pueblos o de cualquier urbanización del extrarradio, es fácil encontrarse miniescombreras, restos de la obra que hizo un emprendedor vecino por su cuenta, o con el auxilio de un chapuzas que se libra de ladrillos, sanitarios o tuberías en el primer espacio susceptible de ser zona verde. O montones de muebles viejos o restos de cualquier tipo, metidos todos ellos en bolsas de plástico. Bolsas de plástico se enseñorean de la estética, o más bien de la antiestética, de todos los rincones de este país.

Y llegados casi al final del posteo supongo que se están preguntando a cuento de qué estas elucubraciones. Tienen un propósito, el de señalar cuántas cosas nos separan de esa Europa a la que tantos quisimos pertenecer pensando que al hacerlo compartiríamos además de derechos, libertades y riqueza; cultura, estética y belleza. Y no, tras decenios perteneciendo a la UE sólo compartimos la moneda y la obligación de cumplir con un déficit imposible que está matando los derechos de los ciudadanos. 


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