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La imaginación de Rita Barberá al servicio de una mascletá inexistente



En una lejana república casi bananera, el poder no sabía ya qué hacer para desprestigiar al populacho cuando se le enfrentaba; lo habían probado casi todo. Cuando la chusma decidió protestar de nuevo y solicitó preceptiva autorización -ya ven que hablamos de una democracia formal, mucho-, tras ser aprobado determinado recorrido, el poder, contrario a que la plebe mostrara su descontento por las decisiones de un gobierno que se consideraba electo por milagro divino, sin saber qué hacer para poner en dificultades a la canalla y a la vez conseguir denigrarla, tramó una argucia torpe, que así son siempre las argucias de los torpes según toda lógica. ‘Ya está – exclamó uno de los ministros más avispado- preparemos en ese lugar un castillo de fuegos artificiales que impida que pasen, porque estará convenientemente vallado”. “Pero, si siempre celebramos ese ritual pirotécnico en otro lugar...”, objetó un director general candoroso y aferrado a la tradición, por lo que solía ponerse una extravagante pajarita. "La idea es bárbara, a ver qué se ha creído el populacho, estas tierras son mías”, clamó con voz aguardentosa la presidenta, una mujer entrada en kilos y años que no soportaba que nadie contraviniera sus deseos.

Después de varias horas perfilando la trama para poner en dificultades a los más protestones, tras la observación al oído de uno de los más fieles servidores de la presidenta, esta tronó con voz de estibador carajillero: “Tengo una idea!”. Los que la rodeaban se miraron expectantes y sumisos, aunque in péctore quedaran extrañados ante la buena nueva, pero fijaron sus ojos en la amada lideresa a la espera de que la pariera. La idea, digo.“Montaremos un falso castillo de fuegos artificiales, sin detonadores ni pólvora, para que, no solo no nos cueste dinero, que eso está por ver, sino para empapelarlos si osan pisar mis dominios, en cuyo caso le diremos a la empresa que nos sirve que los demande por daños y perjuicios y que no deje de señalar cómo pusieron en peligro, no solo sus vidas, sino las del resto de plebeyos”. Los incondicionales de la voluminosa líder asintieron arrobados. ¡Qué aguda la presidenta! Nadie la ganaba a la hora de solucionar problemas y desacreditar a la mala gente que quería ser como ellos.

Antes de que los corifeos de la primera ministra, que tras años interminables en el poder actuaba cual dictadora perpetua, siguieran loando, esta advirtió con voz de mando: “Y me hacéis el favor de controlar a la prensa, que no haya un solo medio, ni uno, que vaya a averiguar la verdad, y si lo hace, que se calle, o dejamos de contratar publicidad con su amo”. Así que, el día de la manifestación todo se desarrolló como tenía previsto la presidenta y sus agraciados monaguillos. Los que salieron a protestar, que consideraban un insulto y una tomadura de pelo que el poder se hubiera permitido acotar una plaza donde previamente habían comunicado que se concentrarían, desmontaron vallas y cartuchos de pólvora, por palmariamente vacíos y sin detonadores.

Al día siguiente, la empresa que, en teoría, era la responsable del supuesto castillo de fuegos contactó con uno de los principales medios del país para explicarle que iba a denunciar a los manifestantes, porque su ‘salvaje y temerario comportamiento’ le había supuesto cuantiosas pérdidas económicas. La prensa, sumisa y dócil, publicó las palabras del empresario pirotécnico áulico y las de un ministro que con voz agria añadía: ‘La calle no es del pueblo, la calle nos pertenece a nosotros...’ Y no solo ninguno se atrevió a contradecirlo, sino que se inflaron como globos sus correligionarios.

Las líneas anteriores, que bien podrían ser el mal guión de una película de política ficción para menores, menores sin reparos, es una recreación de lo que realmente sucedió en València el pasado sábado cuando la manifestación del 15-M, la de los indignados, llegó a la Plaça de l'Ajuntament de esa ciudad y se la encontró vallada porque iba a celebrarse una ‘mascletá’ en honor de la Verge dels Desemparats. Mascletá que siempre se había celebrado en el viejo cauce del Turia, pero que en esa ocasión Rita Barberá, la alcaldesa, había decidido trasladar a la plaça de l'Ajuntament con el propósito único de encabronar y de inculpar ante el resto de valencianos a los indignados manifestantes del colectivo 15-M.

Recreación son los supuestos comentarios, mas no los hechos, porque los manifestantes vieron que los masclets que colgaban de las cuerdas carecían de detonadores y de pólvora, que los cartuchos estaban vacíos y que su calibre era inferior al habitual, aparte de que las vallas de seguridad eran de pega, es decir, de quitaipón. Así lo contaban en los comentarios dejados debajo de la noticia publicada por el diario Levante-EMV varios de los manifestantes -por valencianos, expertos en el tema que tocaban-, diario en el que la propietaria de una pirotécnica, de las habituales en servirle mascletás al Ajuntament de València, anunciaba ‘medidas legales’ contra los manifestantes, a quienes reprochaba, según guión, el haber estropeado la mascletá y el desaguisado en general.

Según informaba el diario Levante EMV: “Quedó todo destrozado". Y según la propia pirotécnica, Reyes Martí, que insistía en su intención de "llegar hasta el final" con la denuncia, la empresa había sufrido el destrozo y el hurto de buena parte del material. "Van a rodar cabezas", agregaba la encargada de la 'mascletà' del día de la Mare de Déu” Así lo contaba el diario, donde, como les decía, algún manifestante dejaba reflejado en los comentarios la realidad de los hechos, comentarios que no permanecieron demasiado tiempo en el periódico, que para algo existen censores y comisarios políticos en este País Valencià en el que tenemos la desgracia de sufrir a unos políticos que más parecen caricaturas burlescas que los representantes democráticos de su pueblo.

 Aunque tan solo señalar al País Valencià sería injusto porque la prensa en general, exceptuando el diario Público –que, ahogado económicamente, se ha visto reducido a su edición digital-, ha minimizado las manifestaciones del movimiento 15-M, obedeciendo las consignas del gobierno –del PP, of course- que, para negar la evidencia del descontento ciudadano, inventó falacias a discreción. Han reducido cifras, acusado de alteraciones del orden -el que alteraron sus propias fuerzas de seguridad- y repetido hasta el hastío que los cientos de miles de manifestantes que el fin de semana se concentraron en calles y plazas de todo este país de países para protestar contra los recortes en derechos y libertades de un gobierno al servicio de la oligarquía bancaria y a sus propios intereses eran poco menos que marginados manipulados por ‘los partidos de izquierdas’.

Mas, aunque tramen estúpidas fantasmadas como la de València, reduzcan cifras de participación a lo hilarante, aunque las fuerzas de seguridad y quienes las mandan actúen como los de una dictadura, y los medios, su gran mayoría sometidos y mediatizados por las consignas del poder, tergiversen la realidad, cada día son más y más los ciudadanos hartos de políticos que recortan derechos y libertades, a la vez que inyectan a los bancos el dinero de todos en cantidades escalofriantes. Se encastillan en los votos para no escuchar las exigencias de la ciudadanía, creyéndose casta superior. Pero la gente, que ha caído por fin en la verdad de Perogrullo de que ‘el pueblo unido nunca será vencido’, se ha puesto a ello al grito de ¡Basta ya! Basta ya de servir a la banca por decisión de sus propios servidores, los políticos. Los que pagamos somos nosotros, y quien paga manda, puestos ya a poner las cosas en su sitio y en su propia lengua de fulleros interesados. Fulleros los unos y los otros.

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