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Día Mundial de la Libertad de Prensa: No será aquí y ahora



Hace algunos años, mantuve una agria discusión en un chat con un bloguero que se reputaba de periodista. En aquellos años, yo ejercía mi profesión y me pareció una arrogante petulancia que quien escribía en un blog se autodenominara periodista, comparando su actividad con la quienes pateábamos la calle, nos enfrentábamos a las impertinencias de los políticos y al descrédito creciente de la profesión a causa de la mal llamada ‘prensa del corazón’, que debiera llamarse, y de hecho ya se utiliza el modismo, ‘prensa de la víscera’. Luego, el descrédito se intensificó por la falta de credibilidad y la manipulación de algunos medios, además de por la insana costumbre de los políticos de acusar a los profesionales que no les bailaban el agua de estar vendidos al partido contrario al suyo.

Y es que los políticos, en lugar de mimar a la prensa, porque una democracia no puede serlo sin periodistas libres e independientes, se dedican a perseguir a los profesionales como a enemigos por el hecho de contar la verdad y por dar buena cuenta de los abusos de los poderosos. En el presente, el futuro de la libertad informativa de la televisión pública pende de un hilo; el gobierno del PP está decidido a tomar al asalto el consejo de dirección con el propósito de convertir los informativos de la cadena pública en un NO-DO dedicado a hacer propaganda de ese partido, a costa de la televisión de todos los ciudadanos de este país de países.

Coincidiendo con el Día Mundial de la Libertad de Prensa, hoy se han manifestado en numerosas ciudades de nuestra geografía cientos de periodistas para exigir esa libertad que viene siendo mermada desde hace años y para reivindicar condiciones de trabajo dignas y mejor remuneradas. Si embargo, la exigencia se ha centrado más en la falta de libertad e independencia para realizar su trabajo, que en las precarias condiciones laborales, casi siempre sin contrato, sin Seguridad Social y escandalosamente mal retribuido.

Hace años, una mujer con la que dialogué en la calle se sorprendió de que yo, que andaba por el mundo como una mortal más, fuera periodista. Mi interlocutora me preguntó con asombro si ‘los periodistas éramos gente normal’. Tuve que ser honesta y responderle que no, que estábamos locos todos. Porque, ¿qué profesional está dispuesto a trabajar las horas que sean necesarias para cubrir una noticia, cobrando con escasez y sin cobertura social ni legal de ningún tipo? Que yo sepa, solo un periodista.

Así, no es de extrañar que quienes se han manifestado hoy en diversas ciudades hayan mostrado más preocupación por la libertad de información que por sus condiciones laborales. Y es que desde hace un tiempo la libertad de expresión se viene constriñendo de manera preocupante en este país, y no solo por la presión de algunos jefecillos o directores que obligan a los profesionales a dar la noticia como la quiere el político en el poder, que los hay, sino también por víctima de algo mucho más peligroso para la libertad y para la información. La autocensura y el miedo.

Los políticos que pusieron de moda esa afrenta que son las ruedas de prensa sin preguntas tienen, desde hace años, la nefasta costumbre de levantar los teléfonos para llamar a directores o redactores jefes con objeto de quejarse si la información publicada no es de su agrado. No lo hacen porque se falte a la verdad, o porque el profesional sea un negado que no haya sabido entender lo que le ha dicho el entrevistado –aunque es ocasiones suceda, nadie es perfecto-, sino simplemente porque lo que escribió el periodista, aunque fuera una verdad como una pirámide, disgustó al diputado, al alcalde, concejal, director general o jefecillo de prensa con la bola del pelota cuatrocientos cinco mil doscientos veinticinco colgada del tobillo, aquel que presentaba la desaparecida revista satírica ‘La Codorniz’ en unas viñetas bajo el epígrafe de ‘La Oficina Siniestra’.

Corren malos tiempos para el periodismo. Es verdad que la crisis, la falta de publicidad y de capital ha llevado al cierre a muchos medios escritos o televisivos. Sobre todo de los primeros, como Público, La Voz de Asturias, ADN o Metro que cerraron en los últimos meses. Hace unos años desapareció uno de los diarios más influyentes y libres en la transición, Diario 16, y hace un par, la alianza entre Prisa y Telecinco, la cadena de Berlusconi, se llevó por delante el mejor canal de noticias de este país, CNN+, con el resultado de que muchos buenos profesionales se fueron a la calle.

Dicen los expertos que hay una crisis en el periodismo, que las nuevas tecnologías y los nuevos conceptos obligan a cambiar el periodismo. Pero la experiencia de leer muchos diarios resulta siempre penosa, no solo por la deriva ideológica, complaciente con el poder, que también, sino por la mala redacción y por la brevedad, una noticia que apenas ocupa unas líneas redactadas con lenguaje telegráfico a la manera de los informativos televisivos o radiofónicos. Porque lo cierto es que lo que está matando al periodismo escrito es la falta de profundidad, las alas cortadas a los profesionales, en muchas ocasiones en aras de la publicidad sin más, aunque resulte increíble.

La realidad es que no hay más estilo de periodismo que el de informar honradamente, contar la verdad y contarla respondiendo a aquellas preguntas del qué, el dónde, cuándo, cómo y por qué. Y este último bien explicado a libre criterio de los profesionales, usando de su libertad sin cortapisas. Solo así se recuperaría la credibilidad que en la actualidad está en entredicho, porque al periodismo, salvo excepciones, lo ha prostituido el poder. No en razón de que la mayoría de los profesionales lo hayan querido, sino porque la presión de los políticos, las grandes empresas, la banca y cuantos grupos de poder imaginen, hizo sucumbir a quienes convirtieron el periodismo en negocio rentable, más destinado a producir beneficios que a trabajar por la libertad de información. Y eso no es periodismo, es otro negocio sin más.

Y los profesionales en medio recibiéndolas de todos lados, mal pagados, sin contrato, en precario, siguen preocupándose más por la libertad de prensa que por sus condiciones laborales. Son héroes.

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