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Nos imponen sus frívolos cálices, pero usan de nuestros mismos derechos


La Semana Santa está a punto de expirar y nos ha dejado, como cada año, un rastro pringoso de beatería e imposición religiosa a quienes no compartimos ni su fe ni sus ritos tal como viene ocurriendo desde hace tanto tiempo en este país de países, como si no pasase el tiempo, ni pudiera llegar el momento de dejar atrás este medievo flagelante y embrutecedor.

Recuerdo con nitidez a finales de los sesenta que una tía mía, muy beata y de poco libro, no dejaba jugar a mi hermano con una escopeta de juguete porque, según decía, autoritaria y absurda, ‘Dios está muerto, las armas boca abajo’, y el pobre crío, así, sin entender nada, tenía que olvidarse de jugar a vaqueros. Era la misma época en la que a mí no me permitían escuchar las canciones de Serrat en el pequeño tocadiscos, aquel pick-up que tan felices nos hacía, porque ‘los vecinos pueden oírlo y se sentirán ofendidos’. Eran las tristes semanas santas de la Dictadura y la Pasión enfermizas, las del nazionalcatolicismo, durante las que no era posible ver cine que no girara en torno a las siniestras historias de mártires, de crucificados o de andanzas bíblicas. Y todo ello visto desde el eterno prisma hollywoodense de la opulencia y el relumbrón, pese a la tradición judeocristiana del sufrimiento, la pobreza y el dolor.

Han pasado cuarenta años y, aunque nos rebelemos y nos parezca mentira que no haya cambiado nada, no lo es, este país no evoluciona, y con el gobierno del PP se ha retrocedido sin mayor traba a aquellos años sesenta en que la Semana Santa había de vivirse a toque de tambor y de trompas lastimeras, se quisiera o no. Anoche, me sorprendió la programación de la televisión pública porque, tanto en el canal uno, como en el dos, se habían programado asuntos de temática religiosa.

En la primera, emitían una película péplum, quizá Quo Vadis, con su colección de leones famélicos dispuestos a engullirse a una cursilísima Deborah Kerr y a un almibarado Robert Taylor. En la dos, emitían un reportaje sobre el Evangelio según San Mateo, en el que, durante el rato corto que tuve la paciencia de mirar, se ponía de manifiesto que el señor Mateo Leví andaba, como todos los evangelistas, algo ido de la cabeza, siempre, claro es, que se acepte su existencia y la autoría de los evangelios, en los que, entre loas a otro mito, el de Jesucristo, se afanaban en asustar a los creyentes, pero muy en especial a los no creyentes, con toda clase de calamidades si no se seguían sus enseñanzas. Una voz en off explicaba, sin que le diera la risa a su dueño, los graves males que nos aquejarían de no respetar unos preceptos religiosos paleolíticos.

Sorprendida por la desfachatez de que la televisión pública de un país aconfesional
emitiese una programación exclusiva de las creencias religiosas de una parte de la población, me ocurrió lo que viene ocurriéndome desde que tengo capacidad para pensar por mi cuenta, que cada vez que llegan estas fechas de la Semana Santa ridícula y excluyente, se exacerba mi ateísmo y regreso a la beligerancia anticlerical por un mero sentido de supervivencia. No hay forma de poner un informativo sin que el conductor del mismo deje de dedicar minutos y minutos del mismo a darnos cuenta de tal cual procesión, de su suspensión a causa de la lluvia, mostrándonos las imágenes de unos devotos con cara de haber perdido el empleo, cuando lo que perdieron fue la oportunidad de desfilar detrás de un santo de palo. Cuánta desolación, la suya y la mía.

Nos informan incluso de qué debemos comer en estas fechas, de acuerdo con las imposiciones católicas. ‘Son días de potajes con bacalao’, afirmaba este mediodía la presentadora de un programa de noticias de una cadena no sospechosa de derechismo. Pero la inercia de las tradiciones absurdas siempre termina por imponerse incluso sobre quienes parecen ser menos sospechosos de beatería.

Las procesiones, incluidas las de la ciudad en la que vivo y que pasan por debajo de mi balcón, son una auténtica provocación a quienes no compartimos sus creencias. Se quiera o no, ha de sufrirse que invadan la intimidad y la tranquilidad de nuestro hogar a toque de tambor y trompas doloridas, cuando no por bandas musicales que interpretan fracasando La Saeta de Serrat. Quién le iba a decir a Machado y a Serrat, que así le rindió homenaje, que ese poema, incluido en Campos de Castilla, que reivindica una figura muy diferente a la de la iconografía oficial, acabaría siendo, como ocurrió con tanto otro, incorporada cínicamente por la secta católica, contra la cual Antonio Machado tanto tuvo.

Y aparte de vulnerar nuestra intimidad, de colarse nuestras casas con su ruido infernal, esos desfiles a los que acude gente disfrazada de modo que debe causar pavor a los tiernos infantes que se crucen con ella, cuestan dinero, pero, ¿será por dinero, siempre que los fines sean los que persiguen algunos? El gobierno proporciona a la secta católica millones y millones de las arcas públicas, de esas de las que recorta partidas para cosas tan inútiles como Educación y Sanidad Públicas o Investigación, con la finalidad de destinarlas a asuntos tan imprescindibles como, entre otros, las procesiones y la catequización de nuestros niños. País de locos, país enfermo, país sin educación.

Si al menos sus más caros representantes fueran consecuentes con sus propio predicamento y creencias, se podría respetarlos un poco más, pero, aparte de zamparse millones de dinero público, son contradictorios. Porque los mismos que acuden a las procesiones con un fervor ciego y aun se extrañan de que haya gente que no comparta sus creencias, manifiestan en las ocasiones en las que debiera mostrarse su fe, que solo es de boquilla. De tenerla, esos píos creyentes serían coherentes, y se enfrentarían a la enfermedad evitando hacer gasto a la Seguridad Social, convencidos de que con unas cuantas oraciones su dios los curaría o, en todo caso, podrían dejarse en manos de su Señor, sin miedo a ser premiados con su proximidad y la consiguiente felicidad.

Mas no, cuando enferman los católicos, acuden al médico de cabecera con idéntica precaución a la de los ateos, al especialista, ‘apechugan’ con los tratamientos y los específicos farmacéuticos más prosaicos, despreciando la posibilidad del milagro celestial que podría curarlos. De manera que, además de costarnos ingentes cantidades de dinero público sus ritos, los que nos imponen con la arrogancia del vencedor, nos cuestan el mismo dinero de la Seguridad Social que un ateo cualquiera. ¡Coño con los milagritos a nuestra costa!

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