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Érase un país distinto al que decían que era


Piensen en un país que, aun estando en crisis, su religión oficial restara una parte considerable a un presupuesto del que ya se hubieran restado cantidades importantes de las destinadas a la sanidad y educación de sus ciudadanos, donde se legislara de acuerdo con los dogmas de esa religión en cuestiones relativas a la homosexualidad y al derecho de las mujeres a decidir por sí mismas su maternidad y demás, hurtando esos derechos a unos y otros porque una casta sacerdotal considerara que vulneraban su dogmas.

Un país en el que manifestarse contra las medidas del gobierno fuera considerado un ‘atentado contra la autoridad’ y convocar manifestaciones, hechos propios de grupos terroristas. Donde por manifestarse el día de una huelga general se encarcelara a ciertos jóvenes de forma ‘preventiva’ durante más de dos semanas y sin dar explicaciones.

Un país cuyo gobierno, coaligado con la oligarquía, estuviera decidido a suprimir el derecho de huelga y a criminalizar a los sindicatos ante la opinión pública, donde se acabara con cualquier derecho del trabajador, reducido ya a un estado de prácticamente esclavitud laboral. Donde se menguaran partidas presupuestarias destinadas a la creación de empleo o a luchar contra la violencia de género, mientras el dinero se utilizara en comprar armas y en mantener a una familia real, casta privilegiada con derechos de los que careciera el resto de ciudadanos.

Un país donde no solo se redujeran las becas a los estudiantes, sino cuyo ministro de Educación desprestigiara a los jóvenes que decidieran estudiar en otros países, diciendo que no iban a estudiar, sino a divertirse.

Un país cuyo gobierno pretendiera controlar la información que da su televisión pública, amenazando con el despido a cuantos no se plegaran a sus consignas.

Un país en el cual se concediera a una Academia de la Historia cerca de doscientas mil monedas oficiales para emplearlas en loar a un dictador ya desaparecido, pese decisiones parlamentarias anteriores e ignoradas, en virtud de que sus actuales gobernantes experimentaran toda suerte de simpatías, afinidades y aprecio por aquel dictador.

Un país en el que, a pesar de la crisis y a pesar de que la mayoría de sus gentes no acudiera a cierto espectáculo cruel, su gobierno pretendiera darle identidad de bien cultural y que, a pesar de dicha crisis, se gastara nueve millones de monedas de curso legal en retransmitir el bárbaro espectáculo, obligando a los niños menores de doce años a asistir a dicho circo salvaje, por ser considerado parte de las esencias patrias y el acervo cultural del país.

¿Verdad que parece que me estoy refiriendo a un país árabe de esos que tanto critica la derecha, a cualquier otro en vías de desarrollo, eufemismo por país subdesarrollado, o a alguna lejana república oriental? Pues no. Me refiero a este país de países que, por más que nos juren algunos que se trata de un ‘Estado social y democrático de derecho’, cada día se parece menos a una democracia y más a una dictadura teocrática.

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